El Horizonte Por: BP Lince

Monterrey
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El placer de la música y sus empaques

En la música, cantidad no es siempre lo más deseable; lo que vale es disfrutar nuestras piezas favoritas una a una

Los grandes clásicos del rock, el pop y todos sus derivados, llegaron a manos del gran público en los viejos discos de acetato, un formato que hoy se niega a desaparecer, a pesar de las muchas transiciones vividas en las últimas décadas y que nos han traído al presente dominio del MP3

Este formato de compresión nos brinda no sólo movilidad sino cantidad. Cuando arribó el Walkman (oficialmente en 1979), el artefacto se propagó como la espuma ya que uno podía llevar su música a cualquier lado, pero la reproducción era limitada, pues los antiguos casets sólo contenían en promedio 10 canciones. Aquella movilidad debía ir acompañada de una buena bolsa donde cupieran algunos de nuestros mejores casets.

Hoy, con el MP3, uno puede transportar miles de melodías y reproducirlas en las más variadas formas, pues todo está contenido en pequeños dispositivos, como el celular o el iPod. Es de verdad placentero crear nuestras propias listas de reproducción y escucharlas por largas horas. Y si uno utiliza las aplicaciones Spotify o Apple Music, podría quedarse escuchando música por el resto de sus días sin parar un solo minuto.

Pero ¿es acaso eso lo que queremos?

En la música cantidad no es siempre lo más deseable; lo que vale es disfrutar nuestras piezas favoritas, una a una; aquellas que nos marcaron y que han alegrado nuestras almas. Pero de verdad gozarlas, no solamente tener acceso a todas ellas. Y esto parecemos ya estarlo perdiendo.

La mayor parte de la gente sólo elige algunas piezas y arma sus listas de reproducción. Ya no es muy común que escuchemos álbumes completos, como antes con los LPs, los casets y hasta los CDs.

La influencia de los ‘acomodos’

Los formatos de reproducción han sido fundamentales en la manera en que se escucha y aprecia la música. Pese a sus muchas ventajas, el MP3 nos ha arrebatado la agradable costumbre de escuchar un gran álbum de “Pe” a “Pa”. Ahora tendemos más a escuchar listas de reproducción. Hemos perdido la paciencia.

A ello se suma la otra fundamental desventaja del MP3, que es su baja calidad de reproducción, ya que se trata de un formato de compresión.

En los tiempos de la música clásica, los artistas presentaban sus producciones en “opus”. Así por ejemplo, un genio como Chopin, representante del periodo Romántico, podía publicar en un mismo “opus” algunos de sus nocturnos, preludios o hasta estudios. No había límites de cantidad, ni de tiempo. Cuando el artista tenía suficiente material que se podía hacer público, se imprimían o copiaban sus partituras y éstas eran interpretadas por él mismo y por los más connotados pianistas y músicos de la época. No había forma de grabar interpretación alguna. ¿No hubiera sido maravilloso escuchar a Chopin o a su igualmente contemporáneo Liszt?

Un siglo después de estos gigantes de la música, los discos de acetato se ubicaban como el formato dominante y ello también influyó en la manera en que el artista presentaba sus nuevas producciones.

Los discos estaban grabados en dos lados y cuando acababa uno de ellos había que voltearlo.

¿Por qué ‘A Day in the Life’, considerada la mejor canción de los Beatles, está acomodada al final del Lado B en el disco ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’?, ¿por qué no fue la primera o en todo caso, la última del lado A? En parte, por los acomodos, ya que es una canción larga que no cabía de forma natural en ningún otro espacio. Y así el mundo aprendió a disfrutarla, al final de ese espléndido álbum cuya portada muestra a los Beatles en sus multicolores y vistoso trajes militares, en un collage con decenas de personajes famosos.

La tecnología de la grabación y las condiciones que cada formato imponía jugaban su parte en la materialización de obras maestras como en el álbum referido.

Ciertos amantes de los Beatles han cuestionado algunas canciones del Álbum Blanco, el disco doble que sacaron después de “Sgt. Pepper…”.  Se trata de una espectacular obra maestra producida por la banda británica después de su viaje a la India, que curiosamente coincide con el momento en que sus diferencias comenzaron a aflorar más fuertemente.

El álbum contiene canciones como ‘Piggies’, ‘Happines is a Warm Gun’ o ‘The Continuing Story of Bungalow Bill’, que son por decir lo menos, extrañas. Y sin embargo son parte de un espléndido “todo”, al que no hay nada que quitarle ni que ponerle.

En alguna entrevista de TV, Paul McCartney abordó el tema, reconociendo que la crítica no estaba de acuerdo con algunas piezas del famoso Álbum Blanco, pero al final expresó: “Shut up, is the White Album!” (¡Cállense, es el Álbum Blanco!”). No podía tener más razón.

El ruido del polvo

Con los discos de acetato siempre la queja fue el ruido que emitían cuando la aguja de reproducción pasaba por los surcos donde la música estaba grabada. El ruido se parece al del aceite calentándose en una sartén: es una serie de tronidos caprichosos, causados principalmente por el polvo, fibras y otras partículas microscópicas que se van acumulando dentro, precisamente, de los surcos.

A ello se sumaba lo delicado de los materiales. Si no se cuidaban, los discos acababan rayados y en cualquier momento se atoraban en un mismo ciclo de reproducción, con lo que empezaba a repetirse continuamente lo que estaba grabado sólo en unos cuantos segundos de la canción; hasta que uno se dignara, claro, a levantar el brazo y reacomodar la aguja. Se corría también el riesgo de rayar el disco, si uno no era cuidadoso; y entonces la reproducción generaba un golpe cada vez que la parte dañada pegaba con la diminuta aguja. Si el rayón era largo, el ruido se escucharía varios minutos, cada vez que el disco diera una vuelta, ¡a razón de 331/3 por minuto!

El problema del polvo se podía corregir, pues se crearon un sinfín de métodos, desde domésticos hasta muy profesionales, para limpiar los discos de acetato, y con ello se reducía el ruido sustancialmente, sin desaparecer nunca por completo, pues hasta los discos nuevos lo traían; pero cuando el disco ya estaba rayado, había que aprender a vivir con el ruido.

Aun así, al poner un LP, todo se nos olvidaba rápido, pues hasta los discos más rayados nos ofrecían una calidad y nitidez sorprendentes, que ningún otro formato ha podido brindar hasta ahora.

El arribo del CD

Cuando llegaron los Discos Compactos, muchos nos maravillamos por tratarse de un primer medio de reproducción que eliminaba los incómodos “ruidos de fondo” del LP o el caset.

Con los CDs no había contacto físico entre el disco y el componente que generaba la música. Funcionaban a través de la luz láser; se habían acabado los incómodos “roses” de los formatos previos.

Los casets de cinta magnética habían sido muy exitosos en los 70, 80 y parte de los 90 porque brindaban gran versatilidad. Permitieron llevar la música a lugares donde no podían llegar los LPs, como los automóviles, o a un día de campo, gracias no sólo al Walkman, sino también a las ubicuas grabadoras de baterías, que se vendieron por millones.

La reproducción del caset comenzó siendo muy precaria. La banda magnética generaba un desagradable ruido al pasar por la cabeza reproductora. Hacia el final de su existencia comercial, ya bien entrada la década de los 90, los casets llegaron a ofrecer niveles notables de calidad acústica. Se produjeron casets vírgenes con materiales como el cromo y otros, en los que uno podía grabar sus listas favoritas, desde LPs, CDs o hasta del radio, y era muy disfrutable llevarlos en el carro o reproducirlos en cualquier estéreo. ¡Siempre en dosis de 10 canciones en promedio!

Por décadas, los casets convivieron de manera casi orgánica con los LPs, pues pese a su más limitada calidad de audio, otorgaban el privilegio de la movilidad. Los LPs en cambio, sólo podían reproducirse en lugares fijos. Habría sido poco práctico colocarle tocadiscos a los automóviles. La aguja saltaría estrepitosamente y, al acabarse el primer lado, ¿quién se aventaba la maniobra de voltearlo sin dejar de manejar?

Oídos más educados

El CD tiende a escucharse muy metálico y a privilegiar los tonos agudos. Cuando emergió este formato, muchas productoras musicales simplemente lo aprovecharon para convertir y relanzar viejas grabaciones, pero éstas se escuchaban tan mal o bien como lo habían sido en su versión original; nunca fueron mejores sólo por estar en CD. En muchos casos, la reproducción, con todo y la nueva tecnología láser, era tan pobre como la de un mal caset.

Poco a poco, los consumidores se hicieron más exigentes y se empezaron a fijar en la calidad de las conversiones.

Las nuevas producciones venían bien grabadas las más de las veces, pero al relanzar viejas canciones en CD había que tener particular cuidado, pues si no había una remasterización de por medio, el resultado acústico era insatisfactorio.

El sólo uso de la nueva tecnología, sin un proceso adicional, no era garantía de nada, excepto acaso de durabilidad y de evitarse el famoso ruidito del aceite caliente de los LPs.

Con todo, en muchos casos, si se combinaba un buen sonido y un CD bien producido, la calidad era aceptable y muchos lo vieron más práctico: no había que tener tantos cuidados como con un LP; era difícil que se dañaran y, aun rayados, llegaban a oírse bien, sin el incómodo ruido del polvo incrustado en los surcos de los discos de acetato. Tampoco se escuchaban tan mal como los casets ni se corría el riesgo de que la cinta se enredara, como ocurría con éstos (recuperarlas era una verdadera proeza y conozco a más de uno que se convirtió en experto salvador de casets enredados).

Hubo algunas remasterizaciones en CD realmente destacables, aunque los precios solían irse al cielo.

Y después llegó el MP3, una solución muy práctica pero no sin sus desventajas.

A la postre nos dimos cuenta de que la experiencia de un LP sigue siendo muy satisfactoria, incluso más que la de un CD, por razones de acústica y también por sus sus cualidades casi ritualísticas. Hay que limpiarlos constantemente, voltearlos cuando se acaba cada lado; y ahora que son más escasos, también el conseguirlos y coleccionarlos implica todo un trabajo.

Por todo esto, también es fácil seguir enamorados de los LPs. Nunca los demos por muertos; aún nos pueden brindar grandes satisfacciones.

Más allá del formato, lo importante es darle tiempo a nuestra música favorita y disfrutarla siempre que podamos, sin prisas.

Cuidemos no ser presas de la inmensa oferta musical de estos días. A fin de cuentas, nuestro oídos, y nuestro cerebro, pueden apreciar sólo una canción por vez.







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