A mi señor padre


Podría llevarme el infinito espacio de tiempo para expresar la grandeza de mi señor padre sin poder llegar con vida al punto final en mi relato.

Porque de él, puedo decirles a ustedes muchísimas cosas con las que con bondad nutrió mi alma desde el mismo día en que nací aunque cuando lo hice, él estaba trabajando en el café con los amigos.

Escribo para ustedes, gracias a la venia del Señor, cada domingo en esta columna. Hoy en ocasión del Día del Padre, les pido disculpas, estimados lectores, primero, por desdeñar esta vez el objetivo de este espacio sobre mi crítica hacia los avatares de la política y segundo, porque éste, el de hoy, no lo escribo con la frialdad de la mente analítica, sino con la bondad y generosidad del corazón, el día de hoy escribo para mí y para mi padre.

Porque me faltarían muchos días de lo que me resta de vida para honrar con admiración, gratitud y devoción lo que él hizo por mí, por todos mis hermanos, por nosotros, su familia, para forjarnos como seres humanos y sacarnos adelante como un hombre humilde, honrado, responsable, leal, amoroso y cabal como lo fue.

Él fue un hombre querido por muchos por su bondad, por su honradez, por su nobleza, por su sencillez. Admirado por sus hijos, respetado por sus amigos y compañeros de trabajo, junto con una gran mujer como lo fue mi madre, ambos se privaron de una vida distinta, seguramente mucho más holgada y próspera, por darnos con mucho cariño y un profundo amor, la vida a mí y cada uno de mis cinco hermanos.

Él fue un hombre muy alegre en su expresión, muy sano en sus pensamientos, muy noble en sus propósitos y muy entusiasta en su vida. Con su vida como ejemplo, nos enseñó a todos sus hijos a ser como él y honestamente lo reconozco yo que conozco a cada uno de mis cinco hermanos, ni amasándonos a los seis juntos, seríamos una décima de la grandeza de lo que él fue.

Luchó a brazo partido junto con mi madre porque no nos faltara casa, vestido, sustento, educación y amor. Nos dio la vida, nos dio su vida y la ofrendó día a día por traer al hogar, lo más conveniente para nosotros.

Qué gran hombre, qué gran ser humano, qué gran padre. Por Dios Santo: ¡qué gran padre!

A mí, en lo personal, me dejó una hermosa herencia de amor, de cariño, de compresión y de bondad. Con orgullo puedo decir que a lo largo de mi vida he podido andar mi camino con la frente en alto ante quienes le conocieron. No hay nadie en el mundo que me pueda reprochar un mal valor sobre él, al contrario.

Me siento bendecido y agradecido con Dios por haberme dado la oportunidad de haber sido hijo de él. Si de algo puedo estar seguro sin posturas hipócritas de falsa humildad, es decirme y sentirme plenamente orgulloso de ser hijo de mis padres. 

Aún no sé lo que es ser padre, aún no sé lo que es ser esposo, pero sé lo que es ser hijo, porque lo vi de él con sus padres, porque lo viví en el pasado con los míos.

Honestamente espero un día poder llegar a ser como él: un ser amoroso, tierno, bondadoso, alegre, entregado, trabajador, entusiasta, activo, incansable, bueno. Un hombre bueno, un esposo bueno, un padre bueno.

Por eso sé que no me alcanzará con lo que me resta en la vida para honrar la vida que él me ofreció.

Pero como de él tengo el más hermoso ejemplo de lo que debe de ser un auténtico ser humano pleno y sin mentiras, estoy seguro que Dios en la misión que tiene encomendada para mí en la vida, es asemejarme lo más que pueda a la de él.

De su mano aprendí a andar, a valorar, a amar, a sonreír, a hacer el bien, a ser feliz. ¡Qué gran dicha, qué gran bendición, qué gran orgullo ser un hijo de él!

Por ello, amable lector, le invito si usted aún tiene la fortuna de contar con su papá, celébrelo hoy con amor, como cuando usted era pequeño, con una caricia, con abrazo, con un beso sincero y si no lo tiene, recuérdelo también con ese genuino sentimiento de amor, con cariño, con admiración y gratitud, pues a pesar de los pesares, después de todo usted es lo que hoy es en la vida, gracias a él.

Por mi parte, aunque la existencia nos haya separado momentáneamente, a mi padre sólo le puedo decir desde aquí: muchas gracias Don Joel. Muchas gracias, "apá".

Lo extraño muchísimo y vaya que me ha hecho mucha falta, por eso sé que en el momento en el que Dios así lo considere, volveré amorosamente a estar con usted, con mi madre, con mis abuelitos, con mis sobrinos, juntos nuevamente y esta vez, eternamente.

Con gratitud y mucho amor, orgullosamente: su hijo Luis Eduardo.

Por hoy es todo, amable lector, medite lo que le platico, disfrute la vida y al máximo a su familia, esperando que el de hoy, sea para usted un reparador domingo. Nos leemos en cabritomayor.com, donde podrá encontrar todas nuestras columnas políticas, además de las más importantes noticias, artículos y reportajes taurinos, amén de que en "Crack" nos tendrá el próximo viernes en "Por los senderos taurinos" y aquí mismo dentro de ocho días.

* Don Joel Sampayo Lozano (+ QEPD), atendió el llamado de Dios el 29 de abril del año 2012.


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