Adiós a la política de estructuras


Hoy vivimos ante una realidad política enteramente distinta a la que vivíamos hasta hace unos años. Elección tras elección hay sorpresas y resultados inesperados. Incluso a nivel mundial, los últimos años –desde el Brexit y con el triunfo de Trump– se ha puesto a las encuestas en jaque. En México, observo que cada vez valen menos las estructuras, el peso de las instituciones; y mucho más el posicionamiento en medios de comunicación masiva y las características personales de las candidatas y candidatos. 

En nuestro país, en la política tradicional moderna (del Siglo XX), pertenecer al partido oficial era suficiente para asegurar un espacio en las esferas del poder. Cosa distinta sucedía en el México del Siglo XIX, en el cual, más al estilo al que se encamina la tendencia actual, las agrupaciones políticas eran caudillistas; asociadas detrás de un líder carismático del que incluso adquirían como distintivo su nombre (zapatistas, villistas, carrancistas, etcétera). 

Hicimos una transición interesante, de migrar de la época de caudillos, a una etapa en la que apostamos nuestro desarrollo a consolidar nuestras instituciones. Los diferentes escándalos que, a medida en que hemos accedido a una mayor transparencia y rendición de cuentas, han revelado los abusos, la corrupción y las malas prácticas del poder; acabaron primero con la confianza en el PRI. No hay gobierno perfecto, ni gobierno que no se desgaste. 

Aunque considero que mejoramos considerablemente la calidad de nuestras instituciones públicas durante los sexenios del PAN, también es cierto que hubo tráfico de influencias, cuestiones irresueltas y fallas en expectativas no cumplidas. No sólo le pasó al PAN; a medida en que avanzamos a una época de diversidad políticas, del "poder compartido" y de elecciones auténticas, esto ha sido una constante para todos los partidos. Los políticos que se ubican en las cúpulas de los partidos tienen vida de magnates, mientras que crece la pobreza, la desigualdad y la miseria.

Desde mi punto de vista, esto ha sido la causa del apogeo de los candidatos independientes; de una tendencia a un voto cruzado creciente; de volver a una política de caudillos; y del fin de la política de las estructuras. La gente está volviendo a ver a las personas, y, por eso, el peso y el posicionamiento de las y los candidatos es ahora un factor mucho más determinante que el peso que tienen las instituciones. 

En las pláticas de café y en las carnes asadas, se hacen pronósticos electorales con base en las tendencias de siempre: va a ganar el PRI porque tiene una estructura impresionante; va a ganar el PAN porque el candidato es el alcalde de algún municipio metropolitano. La apertura de los procesos de organización de las elecciones, en los que los partidos pueden estar representados en cada paso y etapa, ha permitido que, en mayor medida, haya certeza en que el resultado electoral es el que verdaderamente es.

Los resultados del pasado primero de julio a nivel local fueron, en varios casos, inesperados. A nivel federal, creo que el triunfo arrasador de López Obrador se pronosticaba desde el arranque de las campañas, si no es que desde antes. Para mi gusto, la lección más clara es que está quedando atrás la política de estructuras. Cada vez más la gente está consciente de su voto; más gente vota, y se fija más en los candidatos y sus propuestas. El proceso es transparente y pierden peso los sindicatos, los votos corporativos y las estructuras políticas. 

Creo que esta tendencia se seguirá replicando en los próximos años. Las nuevas candidatas y candidatos ya no tienen que concentrarse solamente en escudarse detrás del cobijo de las instituciones políticas tradicionales en México. Es necesario que, además, haya un posicionamiento real del contendiente; que la persona esté preparada, convenza y demuestre que tiene la capacidad para dirigirnos a todos, como representante, a un mejor puerto. Espero un México en el que avancemos a una política más pura; de contrastes y de debates. Pienso que esta tendencia puede ser buena si orilla a quienes hacen campaña a pulirse y elevar el nivel de la competencia; sin embargo, debemos, al mismo tiempo, de no perder el valor y la estabilidad que nos aportan nuestras instituciones.


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