Al objeto de mi amor


No es que me guste escuchar conversaciones ajenas, pero a veces es inevitable. Suele suceder en esas tediosas filas en las que nos formamos para realizar algún trámite, alguna compra o algún pago. En una de esas, haciendo cola en un banco, la conversación de una pareja que estaba tras de mí me hizo saber que a un tal Filiberto, recién le habían “cantado las golondrinas” en su trabajo.

Ya no me interesó más la historia del nuevo desempleado, me quedé atrapado por la frase “le cantaron las golondrinas”, que cualquier mexicano de inmediato asocia con una despedida (o con un despedido, como fue el caso de Filiberto). Nunca se sabe, aún en lugares tan monótonos como una fila de banco te puedes topar con huellas de historias interesantes, como esta que se fraguó en la segunda mitad del Siglo XIX.

Cuando la despedida es inminente y un nudo de nostalgia anticipada se nos atraviesa en la garganta, los mexicanos solemos entonar “Las Golondrinas”. Un melancólico poema diluido en una música triste que, al llegar a nuestros oídos, despierta una dulce añoranza que no pocas veces se vuelve humedad en nuestros ojos. Así ha sido desde fines del Siglo XIX. Nos gusta vivir las despedidas entrañables cantando “Las golondrinas”, así en plural, dejando de lado que el nombre original de esta canción sea “La Golondrina”.

Muchos detalles encierra la historia de esta canción, pero dejémosla en que la letra es un poema que en 1862 escribió Niceto Zamacois, español radicado en nuestro país y que, más tarde, Narciso Serradel revestiría con una hermosa música impregnada de la nostalgia que invadía al músico por estar exiliado en Francia, añorando a su querido México.

Un detalle especial y poco conocido es que la letra de esta canción, oculta una dedicatoria. Es un acróstico, 

es decir, una frase que se forma con la primera letra de cada verso. ¿Lo desciframos?:

¿Ya lo descubriste? “AL OBJETO DE MY AMOR”. Este acróstico es la dedicatoria escondida. Una fórmula muy usual en el Siglo XIX. 

Seguramente Niceto Zamacois pensaba en España, su país natal, al que ya nunca pudo regresar.

Bueno, si alguien conoce a Filiberto, por favor pásele esta historia, tal vez le levante el ánimo saber que, gracias a que “le cantaron las golondrinas” en su chamba, hoy se publicó este artículo. No hay bien que por mal no venga.

cayoelveinte@hotmail.com

Twitter: @harktos


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