Alea jacta est


La vida es un camino lleno de encrucijadas y, cuando nos topamos con una, nuestra incapacidad para predecir el futuro nos llena de dudas, angustia e indecisión para elegir un rumbo. Pero, no hay más remedio, el tiempo nos obliga a dar el siguiente paso y así dejamos atrás lo que pudo haber sido para ir en busca de lo que será. Es entonces que con determinación podemos exclamar "¡la suerte está echada!", frase que tiene una historia digna de contarse. 

Se cuenta que surgió de los labios de Julio César cuando le tocó enfrentar la decisión más importante de su vida. Eran tiempos en que florecía el Imperio romano y su natural ambición, habían llevado a este personaje a ser un importante actor en la expansión del Imperio en tierras germánicas, galas, hispánicas y aún en la remota Britania.  No cabe duda de que era un tipo astuto y carismático porque se hizo de un gran ejército que le era fiel a toda prueba.

Llegó el día en que su creciente prestigio fue considerado un peligro por el senado y entonces decidieron retirarle el poder conferido. Así, Julio César vivió su más importante encrucijada: ¿entregar el mando?, eso significaría su irreversible caída; ¿rebelarse?, era un riesgo que podría destruirlo al ser considerado un traidor, aunque también era la oportunidad para hacerse del poder absoluto.

Atormentado por la duda, se dirigió con sus tropas hacia Roma hasta llegar al margen del río Rubicón, frontera de su jurisdicción. Él sabía que al cruzar el río ya no había marcha atrás, eso lo convertía en un rebelde declarado con todas sus consecuencias. Dicen que se detuvo justo en la orilla y ahí permaneció callado por un buen rato. Podemos suponer que dudaba entre dejar las armas y entregarse, o lanzarse con su ejército a una lucha frontal contra el Estado Romano. Repentinamente, levantó la mano e hizo la señal de marcha gritando la frase que se haría célebre "¡Alea jacta est!", que en castellano traducimos como "¡la suerte está echada!".

En efecto, la suerte estaba echada. César derrotó a Pompeyo, defensor del senado, y se convirtió en un dictador que por un buen tiempo ejerció el poder con la prepotencia que lo caracterizaba. Bajo su mando el Imperio romano se mantuvo fuerte, pero con sus excesos también se ganó muchos enemigos.

¡Qué buena suerte!, podrían decir quienes fueron testigos de su decisión aquel día en las orillas del Rubicón. Pero en ese mismo camino lo esperaba a un triste final cuando, en los idus de marzo del año 44 a. de C. murió apuñalado por un grupo de opositores en el senado, conjura en la que también participó Brutus, uno de sus preferidos. De ahí las famosas y legendarias últimas palabras del emperador "También tú, Brutus, hijo mío".

Esta historia, que bien puede tener mucho de leyenda, nos recuerda que en cualquier momento, la vida nos puede colocar en la rivera de nuestro propio Rubicón y una vez que lo crucemos, no nos quedará sino ir al encuentro de esa suerte que nos espera. Ahora que, no hay que olvidar que siempre podemos echarle una manita a esa "suerte echada".


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