Almacenar bienes privados en espacios públicos (II)


¿Almacenar bienes privados en espacio público? Ocurre más de lo que se imaginan, de hecho, pasa todos los días a ojos vista: cada vez que nos estacionamos en la vía pública.

En calles con ancho para dos carriles de circulación suele utilizarse la mitad para estacionar y si el ancho da para tres carriles llega a utilizarse hasta el 66%, con estacionamiento en ambos lados. Vale la pena tres ejemplos prácticos: el centro del área metropolitana, Valle Oriente y las inmediaciones de prestigiosa universidad local.

El centro del área metropolitana de Monterrey tiene 4 km. de largo por 2 km. de ancho, ahí hay del orden de 14,000 cajones en la calle; más o menos 84 km. continuos o 23 hectáreas. En las cercanías de prestigiosa universidad (80 manzanas) hay 150 establecimientos comerciales, 76 de ellos no tienen ni un solo cajón de estacionamiento y en la calle hay 2,673 cajones de estacionamiento. En el municipio "Joya de la Corona", en una pequeña área de 3 km2 hay 1,384 cajones en la calle. La mayor parte de estos espacios son utilizados para satisfacer la demanda que generan negocios privados y, en algunos casos, por residentes.

El común denominador de estos casos es el rechazo a todo tipo de control, gestión o pago..., en la práctica esos espacios dejan de ser espacio público y se convierten en "patrimonio" de quien se los apropia. El tema llega a extremos y absurdos, incluso violentos hasta la muerte, como el que ocurrió en el municipio de Juárez en 2016 cuando una persona mató a otra por un cajón de estacionamiento.

El mismo fenómeno ocurre con banqueta, parques, andadores, arroyos, andenes, estaciones de transporte público, camellones y todo tipo de espacios comunitarios.

Pero hay extremos, son depredadores del espacio público hoteles, gasolineras, ferreterías, terminales de transporte, llanteras, empresas de publicidad, refaccionarias, algunas escuelas, hoteles, restaurantes, tiendas de conveniencia, taqueros "establecidos", dependencias públicas, empresas de carga, taxistas, talleres automotrices, y, aunque sea en depredación hormiga, vecinos que secuestran banqueta y áreas verdes para estacionar sus autos o construir todo tipo de instalaciones de uso privado.

¿Por qué ocurre esto? Porque no tenemos noción de lo público, no apreciamos el valor social de lo que es de todos. Porque prima lo individual sobre lo colectivo y porque no entendemos que la vida de la gente, en lo público, es una vida rica, que facilita la convivencia, el diálogo y que es útil a la construcción de ciudadanía. En lo público está la personalidad y riqueza de las ciudades.

Si bien el espacio público tiene múltiples dimensiones, por ahora sólo queremos llamar la atención a la dimensión física, su origen, su naturaleza progresiva y al papel de las autoridades.

Los gobiernos pueden comprar tierras para convertirlas en espacios públicos, pero la mayor parte se origina por la regulación en la Ley de Desarrollo Urbano, que dispone que calles y banquetas pasen a propiedad municipal y también regula las áreas de cesión (17% del proyecto) que puede convertirse en área verde (60%) o equipamiento (40%). Se sabe que estos porcentajes no son suficientes para todas las necesidades, así que ya vamos con un déficit en cantidad. 

La nueva Ley de Desarrollo Urbano introduce un concepto interesante: la progresividad del espacio público: artículos 4 (fracción VII), 84 y 85. Lo que la Ley dice es que el espacio público debe ampliarse y mejorar, nunca desaparecer. Aquí el foco de este texto, ¿quién o cómo se definen las formas y mecanismos de expresión de estas disposiciones? ¿No debería la sociedad regiomontana estar en un amplio y basto debate público? 

Al final el papel de las autoridades. El espacio público es de todos y lo entregamos en "comodato" a las autoridades, necesitamos que lo cuiden y enriquezcan de forma proactiva, no pasiva y mucho menos permisiva. 

Queremos estar y gozar del espacio público, queremos estar orgullosos de los espacios que son de todos. Queremos que nos reconozcan por el espacio en el que habitamos, no sólo por vivir al lado del Cerro de la Silla.

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