America the beautiful


 A los que nos hemos quejado del comportamiento de patán del presidente de los Estados Unidos en su viaje europeo de estos días, se nos olvida que Donald Trump ganó las elecciones –entre otras cosas– porque encarna al prototipo del gringo feo. 

Prepotente, grosero, imprudente, mal educado. A los llamados rednecks de la sociedad norteamericana no les molesta para nada los desplantes y las torpezas de su presidente. Más aún, se identifican con él cuando no le rinde pleitesía y no le hace caravanas o le cede el paso a la reina Isabel pasando revista a la guardia real en Buckingham.

Pero si la insolencia hacia los extraños es tolerable para el hombre de la calle gringa, otra cosa muy distinta es el vituperio a los propios. Las reacciones de ciudadanía y medios, incluyendo pobladores de los estados "rojos" –que así se identifica a los de tendencia republicana–, han rechazado radicalmente la defensa que Trump hizo de la postura de Vladimir Putin cuando el ruso afirmó rotundamente que su  país, bueno, sus servicios de espionaje, no habían intervenido en las elecciones que llevaron al pelipintado al poder.

Palabras más, palabras menos, Trump le dijo a los gringos y al mundo que Rusia tenía mejores servicios de inteligencia que su propio país.

Desde luego, nada es casual. La CIA y el FBI han denunciado repetidamente que los rusos sí metieron la garra en los sistemas informáticos durante las elecciones del año pasado. Aceptar estas afirmaciones de sus propios servicios de información significaría para el presidente Trump aceptar la sospechosa ilegitimidad de su elección. Por eso cede al jaque al rey.

Todo lo demás se acepta. Las quejas ante el organismo mundial del comercio en contra de China, Turquía, Canadá y México, que tuvieron la osadía de pagarle a Trump con la misma moneda a los aranceles comerciales iniciados por Estados Unidos en contra de ellos, están bien: ¿cómo se atreven? Pero el campeón de America First no puede con tanta facilidad traicionar a sus propias instituciones, que son espina dorsal del sistema americano. 

Ya veremos en las elecciones de noviembre. 

PILÓN.- Uno quisiera que la avalancha de medidas apresuradas que día con día el próximo gobierno de nuestro país se ha dedicado a anticipar en todos los medios posibles hayan sido apropiadamente meditadas, y sobre todo consultadas con especialistas, no solamente en cuestiones sociales, sino también legales. Hay un principio jurídico  máximo que impide que se le reduzca el salario a un mexicano. Hay otro que establece que ninguna disposición legal o administrativa puede ser aplicada en reversa, hacia el pasado. La retroactividad de las leyes. Desde luego, la administración López Obrador recibió el voto de más de la mitad del padrón electoral el primero de julio y, como nos ha quedado claro a todos, si se le antoja a su líder, con la magia de la mayoría puede cambiar la Constitución si se le da la gana. El asunto es si un país como el nuestro se puede manejar basado en la voluntad de un caudillo. La historia nos dice que no nos fue bien cuando así sucedió. 

felixcortescama@gmail.com

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