Monterrey
Roberto Martínez Hernández
El Diezmo Cívico

El gobernador interino

Apuntes acerca de la participación ciudadana


En el mundo occidental la democracia ha ganado la batalla como la mejor y más común forma de gobierno. Las instituciones tienden a la apertura; las sociedades a autodeterminarse con base en procesos plurales consensuados, hasta en la atención de los asuntos públicos más sencillos; y los individuos tienen acceso a lograr una plenitud de vida material, cultural y de conocimiento en una dimensión ni siquiera soñada en la época antigua. No sólo se ha democratizado el acceso a la información y las artes; también se ha democratizado la idea de la autorrealización personal. 

Antes, en el mundo medieval de economías cerradas, en los Siglos XVI y XVII con los sistemas mercantilistas europeos y en una realidad de comercio no globalizado, la mayoría del tiempo del ciudadano común –y de sus ingresos– eran invertidos en satisfacer sus necesidades básicas (el cultivo, la caza, la construcción, el tejido y la elaboración de ropa). El economista francés, Thomas Piketty, ha realizado opiniones importantes sobre esto. Con una tecnología tan primitiva sólo los ricos podían comprar todo lo que necesitaban, las familias campesinas se convertían necesariamente en pequeñas fábricas de artículos para uso y consumo entre sus miembros, y sólo a quiénes tenían a su cargo a un nutrido grupo de sirvientes les quedaba tiempo para pensar en algo distinto que su propia supervivencia. 

En la época actual, aunque la pobreza sigue siendo una injusticia social y aunque siguen existiendo estructuras laborales que han sido condenadas como sistemas de esclavitud modernos por las organizaciones internacionales, es fácilmente palpable que ha mejorado la calidad de vida del ciudadano promedio. Gracias a la globalización y al libre mercado, los productos y servicios han bajado de precio, y están al alcance de casi todos, incluso en los países en vías de desarrollo. Los complejos sistemas de producción permiten a las empresas multinacionales adquirir insumos tan baratos para ofrecer productos que en ocasiones son hasta más accesibles que los que derivan de la pequeña actividad agrícola de nuestras comunidades rurales. De esa forma, el esparcimiento, para muchos, ha dejado de ser un lujo y pasado a ser un derecho.

Los críticos profesionales de la liberalización señalan como demasiado alto e indeseable el costo de las externalidades del proceso de comercio mundial; al tiempo que obtienen y divulgan sus argumentos de obras de investigación que difícilmente hubieran llegado a sus manos de forma tan rápida y accesible si vivieran sujetos a la rigidez de los modelos económicos que ellos mismos proponen. Cuando acaban de publicar, quieren que sus libros puedan leerse por todo el mundo, aunque dentro de sus páginas planteen barreras al intercambio de bienes y servicios. Sin embargo, para dejar la conciencia de aquellos en calma, señalaré que es cierto que efectivamente existen saldos de injusticia notoria que como sociedad tenemos que trabajar en acabar; de hecho, de eso quiero reflexionar en este artículo. Acepto los problemas, pero difiero en las soluciones propuestas por aquellos. Si se vive en una democracia, para evitar el dolor evitable no se requiere de ir en contra del sistema político y de las estructuras internacionales. Tampoco se requiere satanizar el trabajo de organización social, económica y política que hemos construido en las últimas décadas. 

Difiero de los radicales porque comparto la premisa aristotélica, que hace verdad plena en democracia, en el sentido de que la sociedad es como es, porque somos como somos. La sociedad es el resultado de la unión de individuos. El individuo hace a la sociedad y no a la inversa. Nuestra organización comunal es la expresión más acertada de lo que pensamos. En ese sentido, la transformación que todas las sociedades del mundo requieren para abatir sus casos más notorios de injusticia, recae fundamentalmente en cada uno de sus integrantes. Habrá casos en los que una confrontación directa al régimen político sea la única manera de permitir que la sociedad pueda volverse aquella expresión ciudadana auténtica; habrá comunidades que no pueden ser como son sus integrantes, porque se encuentran completamente cooptadas; pero en la mayoría de los estados son tan diversos los intereses que hay detrás del poder, que la realidad es que influyen en la sociedad en menor o mayor medida periódicamente. En una democracia consolidada, el choque de opiniones entre los poderes detrás del poder permiten un balance imperfecto, pero funcional, que queda también como reflejo de una parte de lo que la sociedad es.

Lo cierto es que la moderna democracia liberal (del laissez-faire) deja en las manos de cada uno de sus miembros su destino. Y a cada miembro del estado democrático corresponde asumir esa responsabilidad, aceptando su vocación de ciudadano. La participación ciudadana no es solamente una virtud de las figuras más tenaces y valientes, es un deber moral para todos. Éste consiste en agregar valor al otro, involucrándose en resolver asuntos públicos –ya sean internacionales, nacionales o comunitarios– porque lo público a todos perjudica o aprovecha. 

En el paradigma actual, la transformación de la sociedad empieza por la transformación del individuo; de la cultu ra personal y de nuestras jerarquías de valores. Una estrategia para impulsar el desarrollo de nuestro país es gritar "foul", decir que nada funciona y pretender ir en contra de lo que hemos construido como nación a lo largo de siglos. Otra estrategia distinta, que es a la que le apuesto, es formar ciudadanos que se empeñen por contribuir a la sociedad pagando su diezmo cívico.


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