Atados a sus smartphones


¿Me puede mostrar una calculadora?, la dice un joven papá, acompañado de una pequeña de unos ocho años, a la chica en la papelería.

–Me imagino que una de la sencillitas, no una científica.

–A ver, quiero ver la científica, dice la pequeña.

–No, no, no…ni le sabes. ¿Para qué quieres una científica?, dice el papá.

–Para hacer trampa en la escuela, responde la chiquilla.

El debate sobre si el uso de la tecnología en los salones de clase favorece o no al alumno es todo un tema. Según de qué lado repose la lupa, los efectos pueden conducir a opiniones encontradas.

Un alumno de facultad de la UANL afirma que algunos maestros son estrictos en ese sentido. Algunos les piden incluso usar celulares inteligentes en clase para que les permita consultar algún libro de texto en PDF.

Otros les piden que los apaguen. Otros, que sienten que no pueden evitar que los tengan, exigen que salgan de su clase para responder algún mensaje o llamada. Algunos piden que los apaguen y los pongan sobre su escritorio, y muchos más no les importa que los alumnos texteen durante la clase y se la pierdan.

Tener acceso a mucha más información ayuda sustancialmente al aprendizaje, sin duda. A quienes deben enseñar también se les ha simplificado la rutina, según le cuenta un maestro regio a este Vigía. El ahorro de tiempo, afirma, es una de las principales ventajas.

En contraparte a esta modalidad, habría que sopesar las consecuencias negativas de esta evolución. Las herramientas informáticas como correctores ortográficos y gramaticales o las mismas calculadoras, por ejemplo, impiden que el alumno se desarrolle. La tecnología los aleja de las habilidades básicas.

También provoca distracciones. A los maestros les cuesta mantener la concentración de su grupo y llevar la jornada escolar de manera organizada. La posibilidad de acceder a las redes sociales y juegos es un gran problema, no sólo para los maestros en el aula, sino incluso para los padres que batallan para hacerlos que se concentren en sus tareas escolares.

El enfermizo uso del Whatsapp, un canal de comunicación que, para cuestiones de exámenes, ha venido a reemplazar al famoso “acordeón”. Este punto crítico supera la capacidad de control de quienes están frente al grupo.

Los niños y adolescentes de hoy son más copiones, nos dice el maestro consultado. La tecnología estimula la trampa. Los mentores han detectado alumnos que han buscado aprobar, no con base en sus conocimientos adquiridos, sino con engaños.

¿Estamos en presencia de una gran cantidad de estudiantes virtuales y superficiales, pero vacíos de conocimiento? Puede ser que sí.

En las escuelas de Nuevo León, y pese a algunas restricciones, los celulares siguen perjudicando la enseñanza. Se ha intentado ponerle un freno, pero el fenómeno es incontrolable.

Estamos hablando de un músculo tecnológico poderoso que beneficia, pero del cual también se abusa, comprometiendo el futuro de las generaciones más actualizadas.






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