Atrapados


¿Cómo se puede ignorar el sufrimiento masivo en el mundo y, sin embargo, reaccionar con tanta compasión ante un incidente, ante un evento doloroso en particular?

Estoy leyendo La Catedral del Mar (2006). Me congelé por lo que contaba Ildefonso Falcones. El señor feudal reclamaba a la novia antes de su boda, una práctica que no estuvo escrita como ley en ningún código penal durante el medievo, pero que se practicaba como símbolo de dominación. Desde ahí la historia de un hombre, Arnau, y una ciudad, Barcelona, atrapados por los usos y costumbres del Siglo XIV. 

Había escuchado esa práctica de reyes y señores. Ese derecho de pernada por el que sufrieron tantas parejas de recién casados, dolores masivos ignorados por la humanidad. El autor conecta datos históricos con los cotidianos, el sufrimiento de la historia con el sufrimiento de un personaje en particular. Y es que los autores de las novelas históricas han intuido que la compasión humana tiene límites, que necesitamos el relato particular para comprender los sufrimientos masivos de la condición humana, como hoy lo comprueban los estudios de Paul Slovic, un catedrático de la Universidad de Oregon, que por décadas se ha repetido la misma pregunta: "¿Por qué ignora el mundo las atrocidades masivas, el sufrimiento masivo?" 

¿Será que necesitamos imaginar a 12 niños tailandeses explorando una cueva guiados por su entrenador, respirando humedad, cayendo en una trampa de la naturaleza de donde luego tendrían que ser rescatados para sentir su miedo, su desesperación, su hambre? 

"Es más fácil visualizar un objeto en particular (una historia) y conectarnos con él" –explica Slovic. Los números sin historias son demasiado abstractos para la mente, para que los sentidos puedan reaccionar con compasión. Lo vivimos en las redes sociales, si un niño necesita una operación para salvarse, reaccionamos con oraciones, enviando dinero, pero si el número de enfermos se incrementa, entonces la mente se adormece ( psychic numbing) se protege, porque los sentimientos no pueden escalar el sufrimiento multiplicando el dolor ( arithmetic of compassion). La razón reconoce que la ayuda sería tan ineficaz como la gota de lluvia que intenta apagar un fuego.

El descubrimiento es alarmante: "entre más mueren, menos nos importa", –explica el científico.  De ahí que los genocidios, las guerras, las leyes de crueldad se repitan y repitan a lo largo de la historia de la humanidad. 

El sufrimiento en número no mueve compasión, pero las imágenes y las historias pueden despertarnos del adormecimiento emocional. La imagen de Kim Phuc, la niña desnuda de nueve años que corría por su vida invadió las portadas de las revistas en 1972, la foto sacudió la historia de Vietnam del Sur, siete meses después se firmaban los Acuerdos de Paz en París en donde los estadounidenses se retiraban de la guerra. ¿Y que decir de la fotografía del niño sirio tirado en las arenas de una playa en Turquía? La guerra había iniciado en 2011 y para el 2015, miles de personas habían muerto, millones salían de su país como refugiados. Una imagen, una historia, el mundo volvió la mirada. 

Samaran Kunan de 38 años, un buzo de la Marina Tailandesa sumó y restó posibilidades de vida durante el rescate de la cueva Tham Luang.  ¿Cuánto oxígeno necesitaba para sí mismo y cuánto para los demás? Había pocos números en "la aritmética de la compasión", la respuesta fue inmediata: dejar su tanque en la cueva e intentar salir en buceo libre. Arriesgó su propia vida para salvarlos, la perdió. 

La vida de una persona es valiosa, pero este valor se diluye cuando se suman muchas vidas en la misma situación. Gran parte de la información del dolor humano nos llega en números, pero el lenguaje de la compasión necesita sentir la realidad que esos números representan. Humanos al fin, para sentir con el otro, necesitamos historias, no números.  


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