Calles habitadas


¿Son habitadas las calles de México? Porque "la calidad de una ciudad depende de que sus espacios estén ´habitados´ o, simplemente, ´ocupados´", aclara Thomas Merton. 

"Ocupamos" las calles para ir y venir, como "un túnel", imagina Merton, "una especie de ninguna parte" por donde transitamos fatigados por el tiempo que pasamos en el transporte, disfrutando poco o nada el recorrido. Ir y venir, día a día, un trayecto que enfermaría a cualquiera, y no por el contagio de una infección, sino por el desgaste de los tiempos que pasamos ausentes, como si fuera ese burnout laboral que quema la vida antes de que pueda ser vivida, disfrutada. El cuerpo se mueve rápido; el espíritu, lento. 

¿De quién es la calle? ¿De la ciudad, de los ciudadanos, de quien la barre, de las pandillas? La calle es pública, y si lo es, entonces es de todos. "Mi hija caminó por Cuauhtémoc para agarrar otro camión en Juárez, pero se le acercó un hombre por la espalda y le jaloneó la blusa y la bolsa y le dijo cosas horribles" –cuenta una madre en El Horizonte. En esas condiciones, la calle no puede ser nuestra porque no nos sentimos seguros en ella. La calle como campo de batalla, hay que caminarla con cautela, ocuparla y salir de ella. 

"A los nuevoleoneses nos está costando cada vez más la inseguridad", informa El Horizonte. Y sí, el costo de la violencia se puede medir en pesos y centavos, $25,364  pesos por habitante en Nuevo León, de acuerdo al Estudio del Índice de Paz en México (2018). Está la pérdida de ingresos para los comercios, el costo del personal de seguridad, las cámaras, alarmas y cerrojos, la pérdida de ingresos por los daños físicos y traumas psicológicos; pero está también el otro costo: la calidad de vida que ofrecen las calles de nuestras ciudades. 

Pero hoy estoy en Ciudad de México y me pregunto, como Merton, si "puede ser la calle un espacio habitado, un espacio en que la gente disfrute estando ahí, un espacio en donde la gente esté presente con su propia personalidad, su plena identidad, como gente real, como gente feliz".  Y sí, sucede en las calles de Polanco. Las recorro. Las habito. 

Plantando con Causa ha organizado la Feria de Flores y Jardines (FYJA, 2018). Muchos hemos venido. Artesanos y arquitectos, horticultores, paisajistas y jardineros. El motivo es promover el arte floral, la horticultura y el cuidado del ambiente. Thomas Dambo exhibe un jardín fabricado de plástico reciclado. 

Algo le ocurrió a Masaryk, la calle cambió. Tane, Hermés, Tous, Tiffany & Co, decoran con flores sus fachadas. La gente camina, se detiene, una foto, observa, reciben el algodón de azúcar que regalan en la banqueta. La mercancía de lujo, inalcanzable para tantos mexicanos, se acerca y no para ser comprados (los precios no cambiaron), sino para ser disfrutados por su belleza, por el arte que han logrado sus diseñadores al crearlos, por ese lenguaje de las flores que es de todos. "No conocía el pueblo los collares, pulseras y brazaletes, sino hechos de flores", leo la frase de Francisco Hernández en la exhibición del Museo de Antropología: "La Flor en la Cultura Mexicana". Y es que la flor habla a los mexicanos desde los altares, los murales, las blusas y rebozos.

Las calles son nuestras, del pueblo mexicano. Recuperarlas es habitarlas de nuevo. México nos da una identidad en colores, escucho el lenguaje de flores que hablan de muerte, pero también de vida, que hablan del instante y de la eternidad, del aroma que embriaga alegría. Descubro Chapultepec de nuevo. Visito el Jardín Botánico con sus talleres de horticultura y los mercados de plantas. Las calles de Polanco. Queremos habitarlas, descansar en ellas. Estamos aquí, mis amigas del Club de Jardinería y yo, habitando la calle, retomándola para sentir esa identidad común como mexicanas, celebrando las flores y su alegría, su belleza, recordando la fragilidad de la flor y la nuestra en tiempos inseguros.


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