Capitalismo humano


Desde mi punto de vista, es normal que en cualquier sistema capitalista todos resulten favorecidos o desfavorecidos del intercambio comercial y de la reciprocidad que se produce a través de la interacción social, en distintas proporciones. En cierta medida, la desigualdad es una consecuencia de la libertad; de las decisiones que cada uno escoge. Hasta cierto punto, nuestras circunstancias de vida personal son nuestra responsabilidad propia. Creo que, como sistema político y económico, el más conveniente es aquel que permite expresarse como a cada uno le place, respetando la ley. Porque únicamente es tierra fértil para dar lo mejor de nosotros mismos, un contexto que permite a cada uno ser auténtico y administrar sus talentos.

Sin embargo, tenemos un problema de justicia social, si producimos pobres de forma orgánica. Hablo de personas cuya situación no es consecuencia de sus propias decisiones; no es su responsabilidad. Gente que no tiene la culpa del estado de miseria, vulnerabilidad y precariedad en la que viven. Su realidad, pudiera ser incluso, la mejor alcanzable dentro del contexto en el que ellos existen o, simplemente, una de progreso de haber salido de una pobreza extrema a una pobreza moderada. Que esto suceda, en mi opinión, no quiere decir que el sistema no funcione. Ni tampoco que necesitemos de una cuarta transformación nacional como plantea López Obrador. 

No pienso que la producción de desigualdad derivada de la injusticia y no de la responsabilidad justifique que cambiemos nuestro estilo de vida en común, a otro en el que se reduzcan las libertades de todos. Pienso que el sistema en el que vivimos supone el camino correcto. El ideal es que quienes viven en la miseria puedan alcanzar un estado de bienestar para vivir normal y libremente. Nadie se merece vivir precariamente por destino, al menos que ésa sea la consecuencia natural de sus propias decisiones de vida, y siempre y cuando éstas hayan sido tomadas en plena conciencia y no a partir de la ignorancia. Lo que nos falta, considero, son dos cosas: mayor solidaridad y empatía política. La primera desde la esfera de lo privado y la segunda como parte de la lógica de lo público. 

Una democracia fuerte es la que vive con base en la ayuda mutua y recíproca. Hay quienes, en la comunidad, necesitan especialmente del apoyo de los otros. Sentarse, cada uno, en nuestros laureles, esperando a que el gobierno arregle las cosas, no es la vía más efectiva para que las cosas se compongan. Los problemas del país necesitan de la participación ciudadana para encontrar soluciones efectivas. La base de la vida en común debe de ser la solidaridad. Si ese valor proviene de la sociedad, estoy seguro, que se reflejará también en las acciones de gobierno. Al menos, existirían mayores probabilidades de que así suceda. Frente a esta realidad la corrupción es egoísmo puro de cara a la injusticia, al sufrimiento y a la miseria; cuando implica malgastar la hacienda pública, desdeñar el bien común o desorientar las acciones de gobierno hacia intereses personales. 

Parafraseando a John F. Kennedy y siguiendo un poco su idea, pienso que en primer término está lo que yo puedo hacer por mi país, y en segundo plano lo que mi país puede hacer por mí. Es innegable que la participación ciudadana, si bien es el primer paso, no es suficiente –por sí misma– para arreglar todos los problemas de raíz. Las acciones gubernamentales deben, por una parte, orientar la participación ciudadana y abanderar la atención de causas sociales abandonadas; pero, de forma muy importante, tienen que meter el hombro para que las cosas avancen, en donde a la sociedad por sí sola no le alcance.

La democratización de la información y de las nuevas tecnologías –fenómeno del que somos testigos– abona, por ejemplo, a la justicia social. Permite una mejor calidad de vida a todos, de forma accesible; cambia el día a día; y transforma las posibilidades de las personas. Hoy quien tiene un celular, tiene precargada una biblioteca móvil; lleva en el bolsillo millones de canciones; y se mantiene en comunicación con sus allegados. El celular ha ahorrado a las familias más humildes de México el costo de un teléfono fijo y alámbrico; y los ha insertado en la cultura global. La justicia social no es la hoz, la estrella y la bandera roja; es un capitalismo humano que, a través del progreso de la sociedad, dignifique la vida de todos.



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