Ron RolheiserMonterrey
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Hay una rareza en los Evangelios que demanda una explicación: Jesús, al parecer, no quiere que las personas conozcan su verdadera identidad como el Cristo, el Mesías. Él sigue advirtiendo a la gente que no revele que él es el Mesías. ¿Por qué?

Algunos eruditos se refieren a esto como “el secreto mesiánico”, sugiriendo que Jesús no quería que otros supieran su verdadera identidad hasta que las condiciones estuvieran maduras para ello. Hay algo de verdad en eso, hay un momento adecuado para todo, sin embargo, aún deja la pregunta sin respuesta: ¿Por qué? ¿Por qué Jesús quiere mantener su verdadera identidad en secreto? ¿Cuáles constituían las condiciones correctas dentro de las cuales su identidad debería ser revelada?

Esa pregunta es el centro de atención en el Evangelio de Marcos, en Cesárea de Filipo, cuando Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen que soy yo?”. Pedro responde: “Tú eres el Cristo”. Luego, en lo que parece una respuesta sorprendente, Jesús, en lugar de alabar a Pedro por su respuesta, le advierte severamente que no le cuente a nadie lo que acaba de reconocer. Al parecer, Pedro le ha dado la respuesta correcta y, sin embargo, Jesús, de inmediato y severamente, le advierte que se lo guarde para sí mismo. ¿Por qué?

En pocas palabras, Pedro tiene la respuesta correcta, pero la concepción equivocada de esa respuesta. Él tiene una noción falsa de lo que significa ser el Mesías.

En los siglos previos al nacimiento de Jesús y entre los contemporáneos de Jesús hubo numerosas nociones de cómo sería el Cristo. No sabemos qué noción tenía Pedro, pero obviamente no era la correcta porque Jesús inmediatamente lo calló. Lo que Jesús le dice a Pedro no es tanto: “No le digas a nadie que yo soy el Cristo”, sino “No le digas a nadie que yo soy lo que tú crees que el Cristo debería ser. Ése no es el que soy”.

Como casi todos sus contemporáneos y no muy diferente de nuestras propias fantasías de cómo debería ser un Salvador, Pedro sin duda imaginó al Salvador que vendría como un Superhombre, una Superestrella, alguien que vencería al mal a través de un triunfo mundano dentro del cual simplemente dominaría todo lo que está mal por poderes milagrosos. Tal Salvador no estaría sujeto a ninguna debilidad, humillación, sufrimiento o muerte y su superioridad y gloria debería ser reconocida por todos, voluntaria o a regañadientes. No habría resistencia; su demostración de poder no dejaría lugar a dudas u oposición. Él triunfaría sobre todo y reinaría en una gloria tal como el mundo concibe la gloria, es decir, como el ganador contundente, como el campeón supremo: el ganador de la medalla olímpica, la Copa del Mundo, el Super Bowl, el Premio de la Academia, el Premio Nobel, el ganador del gran trofeo o galardón que definitivamente establece a uno por encima de los demás.

Cuando Pedro dice: “¡Tú eres el Cristo!”. Así es como lo está pensando, como la gloria terrenal, el triunfo mundano, como un hombre tan poderoso, fuerte, atractivo e invulnerable que todos simplemente tendrían que caer a sus pies. De ahí la aguda respuesta de Jesús: “¡No le digas a nadie sobre eso!”.

Entonces, Jesús instruye a Pedro, y al resto de nosotros, que él es realmente un Salvador. Él no es un Superhombre o una Superestrella en este mundo o un hacedor de milagros que demostrará su poder a través de hazañas espectaculares. ¿Quién es él?

El Mesías es un Mesías que muere y resucita, alguien que en su propia vida y cuerpo demostrará que el mal no es vencido por milagros, sino por el perdón, la magnanimidad y la nobleza del alma y que éstos no se logran aplastando a un enemigo, sino amándolo(a) más completamente. Y el camino hacia esto es paradójico: la gloria del Mesías no se demuestra al vencernos con hechos espectaculares. Más bien se demuestra en Jesús dejándose transformar al aceptar con amor propio y gracia la inevitable pasividad, humillación, disminución y muerte que eventualmente lo encontraron. Ésa es la parte que muere. Sin embargo, cuando uno muere así o acepta cualquier humillación o disminución de esta manera, siempre hay un aumento posterior a la verdadera gloria, es decir, a la gloria de un corazón tan estirado y agrandado que ahora puede transformar el mal en bien, el odio en el amor, la amargura en  perdón, la humillación en gloria. Ése es el trabajo apropiado de un Mesías.

En el Evangelio de Mateo se registra este mismo evento y se hace esta misma pregunta, y Pedro da la misma respuesta; sin embargo, la respuesta de Jesús a él aquí es muy diferente. En el relato de Mateo, después de que Pedro dice: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, en lugar de advertirle que no hable de ello, Jesús alaba la respuesta de Pedro. ¿Por qué la diferencia? Porque Mateo reformula la escena para que, en su versión, Pedro entienda correctamente al Mesías.

¿Cómo nos imaginamos al Mesías? ¿Cómo imaginamos el triunfo? ¿Imaginamos la Gloria? Si Jesús nos mirara directamente a los ojos y preguntara, como le preguntó a Pedro: “¿Cómo me entiendes?” ¿Nos elogiaría por nuestra respuesta o nos diría: “¡No le digas a nadie, sobre eso!”.



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