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No solo en Tabasco. También aquí.

Se apellida Zimmermann y fue uno de los organizadores del llamado concierto del siglo, el Rock Desert Trip, que dentro de unos días, en octubre, cumplirá dos años de haberse realizado en Indio, California.

Medio año antes de que se celebrara, a las dos horas de que salieron a la venta los 175,000 boletos disponibles para los tres días del evento, se vendieron todos. 

Entonces, comenzó de inmediato la negociación para un segundo fin de semana con aquellos seis monstruos sagrados que tocarían juntos por primera vez en la historia.

En dos días se arregló con los representantes de los Rolling Stones, de Paul McCartney, de Roger Waters, de la banda también inglesa The Who y con el de Neil Young. Con quien más batalló fue con su pariente lejano, un tal Robert Allen Zimmerman, porque éste se encontraba en la lista final de los candidatos a ganar ese año el Premio Nobel de Literatura y tal suceso lo tenía muy nervioso como para aceptar una segunda fecha.

Finalmente se dieron las dos cosas: 1.- El Rock Desert Trip se armó también para el siguiente fin de semana, y 2.- Cuando Bob Dylan abrió el concierto, todos los que estábamos ahí ya sabíamos que él había ganado el Nobel de Literatura. 

Tuve chance de conocer a Zimmerman, el organizador, y me dijo que sólo con el primer fin de semana, él y sus socios habían recuperado la inversión de los dos, y encima, ganancias que sumaban muchos millones de dólares.

Al saber esto, tuvieron la tentación de regalar los tres días de concierto del segundo fin de semana, pero descubrieron que dejar entrar gratis al público, logísticamente sería mucho más difícil que si cobraban.

Fue así que salieron a la venta otros 190,000 boletos y en menos de una hora, se vendieron todos. El Guiness dice que nunca en la vida se habían vendido tantas entradas para un evento musical en tan poco tiempo.

Fue así como Zimmerman y sus socios se olvidaron de dar gratis el segundo fin de semana, porque para ello, tendría que ponerse en marcha una organización que superaba por mucho la que utilizaron vendiendo las entradas.

"La mecánica para dejar ingresar solamente al número de personas que cabían en el Club de Polo de Indio, nos asustó, porque si 190,000 podrían entrar, ¿cómo rechazar a otros tantos o más que se quedarían afuera? Aquello se volvería un caos y mucha gente inconforme hablaría mal de nuestra organización", me dijo.

El personal a cargo del evento estaba entrenado para atender a quienes portando boleto en mano, tenían acceso. Pero otra cosa muy distinta era prepararlos para manejar a los que se enojarían por no poder entrar, después de ver que otros sí lo hacían gratis.

Para terminar con la conversación, sentenció: "los organizadores de eventos masivos debemos entender que no se trata sólo de regalarle a la gente un espectáculo. Antes de hacerlo, se debe estar preparado para manejar un tipo y cantidad muy diferentes de multitudes, y si no lo estás, es mejor cobrar las entradas".

FUERA DE CALIFORNIA, TODO ES CUAUTITLÁN

¿Por qué les platico todo esto? Porque resulta que todas las funciones del Vigésimo Festival de Teatro de Nuevo León son gratis y pareciera como si los organizadores no esperaban tal efervescencia cultural, pues en algunas de las obras mucha gente se ha quedado sin entrar. 

Su infraestructura no contempló la inconveniencia –entre otras– de hacer que el público haga una fila para que le entreguen el pase gratuito, nomás uno, eh, su acompañante tiene qué formarse para recoger el suyo; otra para entrar a la sala; y una más de quienes esperan a ver si queda lugar para acomodarlos en esa función.

Si no está capacitado, es complicado para un empleado del teatro lidiar con el enojo de quienes no alcanzaron boletos, y encima, es totalmente innecesario mandar a su casa arponeadas, molestas, a personas que en vez de ponderar el esfuerzo cultural, van a criticar la parte organizacional.

A Zimmerman le aprendí en media hora, la gran diferencia que existe entre regalar una entrada y cobrarla. Para regular los accesos, debe camuflajearse la gratuidad mediante un costo simbólico. Eso, los costos simbólicos, son los que permiten controlar las entradas con base en las capacidades de los foros.

Y si no se quiere hacerlo así, entonces debe haber una logística que tome en cuenta los horarios de las presentaciones bien ligados a tiempos de duración y de traslados entre los diferentes teatros; aforos de las salas para que no se ponga una con promedio de 100 espectadores en una gran sala para 1,000; negociar con los productores de las obras que estipulan entre sus condiciones cosas como "para que la pieza sea bien apreciada, debe darse en un espacio pequeño, íntimo, arriba del escenario, porque si se da en toda la sala se pierde el efecto". 

Sabedor de este argumento, porque gracias al Dios de Spinoza vemos mucho teatro y en todos lados, recordé lo que me dijo un figurón del arte escénico a nivel mundial: "tan fácil que es bloquear una parte del aforo de las butacas; por ejemplo, si el director quiere que sólo la vean 200, centra la obra en el escenario para ese tamaño de audiencia en una butaquería delimitada con listones, pero si resulta que 200 más quieren entrar, eso significa que el autor o el director calcularon mal el efecto de su obra en la gente, y vas a tener qué desbloquear otras tantas que ya tienes disponibles, porque ¿para qué hace teatro un autor y para qué la dirige el director si no es para el público? Y si insiste en que ´ ah, no, si no es nomás para 200, no la doy´, pues que la monte en la sala de su casa y tan tan."

CAJÓN DE SASTRE

El esfuerzo de Conarte Nuevo León en pro de la cultura del estado no tiene precedente en éstas bárbaras tierras del norte.

Por mucho, esa área que preside Ricardo Marcos es de lo mejor que tiene la actual administración gubernamental, porque es admirable poner las manifestaciones artísticas al alcance de todos los municipios, incluso de quienes están en los Centros de Readaptación Social.

"Entonces, sobra ´galleta´ cultural y se me hace que hace falta algo de idea logística y organizativa", remató la irónica y mordaz de mi Gaby.


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