Con la misma piedra


Mañana se reanudan en Washington las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio, según como cada quien lo quiera definir; puede ser, en la interpretación de Donald Trump, un acuerdo bilateral entre México y los Estados Unidos y otro similar entre los gringos y los canadienses.

Según la carta que extrañamente el señor Trump no ha comentado en sus mensajes de Twitter y que Andés Manuel le envió hace 10 días, los mexicanos del régimen que ya se instaló aunque no le hayan dado licencia de manejo y los de la administración que ya se bajó del caballo coinciden en que el tratado sea como comenzó hace un cuarto de siglo entre los tres países que constituyen la América del Norte.

El ambiente se ha modificado sospechosamente hacia un optimismo inmoderado. El designado nuevo negociador, el señor Jesús Seade, experto en negociaciones de comercio mundial, delegado mexicano en la creación del más importante sistema mundial de comercio, considera que antes de un mes podríamos tener un acuerdo.

En el tema del comercio con Estados Unidos y Canadá, una de las virtudes de la administración que ya se fue ha sido la de mantener estoicamente, con Ildefonso Guajardo a la cabeza, que no valía la pena sacar a todo coste un acuerdo comercial que estuviera cojo, solamente por la prisa de sacarlo. Tal vez sea correcto decir que más vale no tener ningún acuerdo comercial que tener uno que fuera lesivo para los mexicanos.

De ello nos vamos a enterar en los próximos días. No nos vayamos a tropezar con la misma piedra. Y con diferente pie.

PILÓN.- El memorable viejo maestro de muchos de nosotros, don José Pagés Llergo, solía referirse a la deficiente planeación de la educación superior en México, diciendo que iba a publicar en su revista Siempre! un anuncio buscando repartidores para la publicación, que él llamaba el periódico. Rezaría así: "se solicitan licenciados. Indispensable presentarse con bicicleta". Se refería a que el criterio social de la época favoreció a que los jóvenes de entonces estudiasen leyes. En la lista de 50 intenciones del nuevo régimen de la cuarta República hay loables propuestas, algunas ingenuas y repetidas, y otras simplemente descabelladas. Entre estas últimas se encuentra la que promete garantizar acceso a las universidades públicas del país a todo aquel joven que quiera ingresar, sin que medie la discriminación de un examen de aptitudes. No solamente es inviable desde el punto de vista económico y estructural; ¿dónde están las aulas, los programas, los maestros, que van a instruir a miles de licenciados sin bicicleta? Se puede improvisar, como estamos acostumbrados los mexicanos a que nuestros gobiernos lo hagan. Sin embargo, ¿quién les va a dar empleo digno y bien remunerado a jóvenes mal preparados? La educación superior debe ser, por definición, selectiva. Solamente los mejor dotados intelectualmente deben acceder a ella. Como sucede en la mayor parte del mundo. La educación media, técnica, artesanal, de servicios, no es menos digna que un inútil diploma universitario colgado en la pared, mientras se tiene que ejercer de plomero.

Eso es demagogia pura.

felixcortescama@gmail.com

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