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Recibí la siguiente interrogante de un colega y amigo, que de seguro la recibió de alguien más: "¿Usted qué respondería a la siguiente pregunta?: 

"´¿Quiénes eliminaron lo siguiente de nuestra cultura, de nuestra vida?: el orgullo por nuestra apariencia exterior; la cortesía al hablar; el romance en las relaciones amorosas; el compromiso con la pareja; la responsabilidad de la paternidad; la unión de la familia; la urbanidad en las escuelas y ciudades; el buen comportamiento intelectual, sobre todo ahora en los medios masivos de comunicación; la prudencia a la hora de gastar; la ambición por querer ser alguien en la vida; la falta de solidaridad con la gente en la calle, en las escuelas, en los hospitales, en nuestra vida diaria´".

Ante este cuestionamiento vino a mi mente el mensaje de José Martí: "Para tener una vida plena hay que sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro", pero para mí lo esencial de la frase de José Martí debería de ser: "Plantar un árbol no tiene chiste, cualquiera lo puede hacer, pero cuidarlo, regarlo y podarlo cuando es necesario sólo lo hace una persona comprometida con tener un excelente árbol. Tener un hijo, aunque tiene su chiste, no es la esencia del mensaje, el chiste es cuidarlo, alimentarlo, educarlo, apoyarlo y sobre todo quererlo y hacer lo necesario para que se transforme en una persona de bien. Escribir un libro tiene su chiste, pero lo mejor es leer, leer y volver leer uno y más libros para aprender lo que cada autor está compartiendo con nosotros en su obra. Yo soy un convencido de que los libros son el mejor esquema de efecto multiplicador de las ideas, sueños, conocimientos y saberes que puede usar una persona para tener un impacto, un efecto multiplicador en la comunidad".

Pero también me hice la pregunta: ¿Qué tenemos que hacer para consolidar el orgullo por nuestra apariencia; la cortesía al hablar; el romance; el compromiso con la pareja; la responsabilidad de la paternidad; la unión de la familia; la urbanidad en las escuelas y ciudades; el buen comportamiento intelectual; la prudencia a la hora de gastar; la ambición por querer ser alguien en la vida; la solidaridad con la gente?

Ante todo, querer hacerlo y practicar, practicar y volver a practicar hasta que todos ellos se vuelvan nuestros hábitos de comportamiento. Pero sobre todo, no deje estos hábitos en su casa o en la iglesia, llévelos puestos las 24 horas del día, todos los días.  

Pero mi correctora de estilo rápidamente me pregunta: "¿Basta con eso para lograr tener los hábitos que comentas?", y continúa diciéndome, "pues los expertos resaltan que el medioambiente en el que se nace, los padres que nos tocaron, su nivel educativo y económico y su esfuerzo en hacernos buenos hijos, el poco o mucho tiempo que nos han dedicado, nos afecta mucho para bien o para mal, y –por lo mismo– nos recomiendan el establecimiento del respeto de límites de comportamiento en la formación y educación de nuestros niños y jóvenes, aplicable en las familias, en las escuelas y en nuestra comunidad.  

Los límites internalizados, nos dicen, son los "identificadores" de cada uno de nosotros, son los que definen nuestro modo de ser, definen quiénes somos y quienes no somos. 

Al internalizarlos se transforman en hábitos de comportamiento que nos hacen actuar como personas ordenadas, limpias, puntuales, con espíritu de superación, responsables, trabajadoras, honestas, respetuosas de normas y reglamentos y respetuosas de los demás, que nos permite reconocer, aceptar, apreciar y valorar sus cualidades y derechos.   

Estimado lector, le dejo para su meditación la siguiente reflexión: "Criticar es muy fácil, y más en las campañas políticas. La más humilde persona puede destruir una catedral, pero construir una catedral requiere un maestro, alguien  que quiere hacerlo y que es capaz de hacerlo". 


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