Corazonadas preelectorales


A lo largo de las últimas semanas, hemos sabido todos los días de políticos que, de cara al 2018, amenazan a sus partidos con cambiarse de barco advirtiendo al electorado que competirán con otra bandera.  Aquellas declaraciones que, quienes las formulan, pretenden hacer pasar por muestras de tenacidad y valor, tienden a ser por regla general indicadores de egocentrismo y frivolidad, puesto que ponen en duda la entereza moral del político en cuestión.

¿Cómo va a ser fiel a los ciudadanos quien no es ni siquiera leal a sus propios principios? He visto con desagrado, que aprovechando el desprestigio que padecen los partidos y nuestras instituciones públicas, hay quienes disfrazan un acto que no puedo calificar más que como una auténtica vejación a sus supuestos ideales, en una falsa empatía con el electorado. Estas personas, antes de negociar con sus partidos, deben de negociar con ellos mismos. Es válido cambiar de opinión y rectificar en búsqueda de la verdad, pero cambios tan abruptos, en época pre-electoral, anunciados tan drástica y dramáticamente después de tantos años de predicar lo mismo, hacen suponer que más que una conversión lograda por una reflexión profunda, hay intenciones entredichas de por medio: quieren a toda costa seguir siendo.

Seamos realistas: nadie a quien están a punto de elegir capitán, salta del barco. Abandona la tripulación el que ve en otro lado una mejor oportunidad para sí mismo o el que no ve oportunidad de materializar sus aspiraciones. Esto no es exclusivo de la política. Después de saltar del barco, en un engaño que inicia un año antes de la competencia electoral, estos pre-precandidatos anuncian públicamente que el barco se está hundiendo; que quienes lo dirigen son sordos, insensatos e insensibles; que la nave se encamina a mal puerto; y que no existe ningún remedio para enderezar el rumbo. En términos prácticos, para este discurso existe una completa desesperanza que justifica completamente haber abandonado todo por lo que pelearon y creyeron a lo largo de su vida en la política.

Pudiera ser que en realidad en aquel barco existan condiciones deplorables y que efectivamente se requieran reparaciones importantes. El problema es cuando quienes las exhiben son artífices de esas condiciones. Además, las conocen a la perfección desde hace ya muchos años. También es problema cuando resulta que aquellas reparaciones casualmente dejan de tener remedio tan pronto se asoma el año electoral. Ni la corrupción, el influyentismo ni los conflictos de intereses son nuevos en ningún partido. Razón por la cual generar súbitos escándalos es de poca entereza y desprestigiar a nuestras instituciones y a nuestra democracia, lo es todavía de menos. 

Quienes pretenden cambiar de camiseta, en lugar de enarbolar exagerados discursos que funcionan como distractores, pueden empezar con ser verdaderamente honestos –si de honestidad se trata el problema– afirmando que lo realmente nuevo es que intentan sacarlos de la jugada, al menos por un tiempo. En cualquier ámbito de la vida, existen altas y bajas. Hay tiempos de bonanza, tiempos de batalla y épocas de crisis. Para los oportunistas de los que hablo, es inaceptable estar a la baja; y, por lo tanto, hay que luchar por “ser” aún y cuando hayan de sacrificarse las ideas y convicciones interiores para seguir siendo. 

El poder y los puestos públicos no son fines en sí mismos. El fin es poner en práctica los valores, las propuestas y las ideas. Pudiera afirmarse que se puede abandonar un partido sin abandonar los principios personales. En ese caso habría que definir si las convicciones de los diputados priístas que ahora competirán con MORENA, eran en verdad compatibles con las ideas que predican en sus antiguos partidos. De todas formas, se supone que cuando alguien se acerca a un partido es porque comparte su programa y los valores que la institución enarbola. Permanecer ahí periodos prolongados implica haber pasado por una infinidad de cursos, conferencias, campañas y talleres que representan una infinidad de oportunidades para corregir la decisión hecha con la afiliación, si se siente que no fue la correcta. Y, si acaso, en verdad hay quien después de tan largo camino estaba en verdad confundido; sin poner en duda su intención podríamos admitir sin discutir, que no se trata de la persona ágil y clara de mente que queremos para gobernar.

Quiero hacer ver al lector que estas corazonadas pre-electorales son fenómenos ilógicos desde el punto de vista de las ideas, los valores y el compromiso personal del político. Sin embargo, desde el punto de vista del proyecto de aquella persona, pueden ser una buena estrategia. Nada más no nos quejemos después de la calidad del gobernante y de su falta de compromiso, que es desde ahora evidente. Quien se acerca a la política para servir, aguanta épocas de vacas flacas. No puedo demostrar lo mismo de quienes están en la política para servirse con la cuchara grande.








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