Cuando la desconexión hace bien


Por alguna extraña razón, me encanta desaparecer. La mayoría de mis amigos lo sabe y, por eso, a casi ninguno de ellos le parece extraño que no conteste correos, deje de actualizar mis redes sociales sin aviso, ni responda mensajes por varios días sin que haya algún motivo de alarma de por medio.

Generalmente, cuando me llama mi madre después de varios días de no reportarme y me suelta su frase ‘‘¿y tú qué, mijita?, ¿estás viva?’’ es cuando me llego a replantear que quizá haya sido suficiente de desapariciones por esa vez, ‘‘sólo por esta vez’’, confieso aunque no me lo crea ni por un segundo.

Mi acto de escapismo no tiene ningún trasfondo misterioso, no es que me mantenga en solitario para descubrir la magia del universo, encuentre la voz suprema, ni la conexión divina o sea partícipe de grandes teorías del pensamiento; simplemente me desconecto de la interacción social, la mayoría de las veces sin darme cuenta.

Hasta hace poco la reconocí y me hice consciente de mi particular dinámica, luego de que un amigo me preguntara de frente por mi nula interacción. La verdad es que no es nada personal, simplemente me pierdo y me voy por momentos. ‘‘¿O sea, que no es algo que hagan todos?’’, me llegué a plantear enseguida, dándome cuenta que son minoría quienes suelen practicar esta especie de trance.

Y, entonces, relacioné mi desaparición social como esa máquina o sistema que necesita detenerse para saberse inmóvil y reconocerse en movimiento. Como si dejara de existir el antes y el después, y solamente se fuera como se es; sin expectativas, armaduras, influencias, ‘‘deberías’’ o asociaciones con algo de afuera. “La soledad es donde se descubre que uno no está solo”, dice el escritor Marty Rubin sobre este estado que cobra más sentido conforme avanzan los años.

Así como no me solía asumir en la desaparición, en mi reaparición básicamente vuelvo a descubrir mi ser en un mundo interdependiente en donde soy yo y son todos, a la espera de encontrarme con los que me rodean, disfrutar mi realidad y dejarme fluir. “Todo sigue igual”, me digo mientras sonrío cuando vuelvo y me doy cuenta que esos pequeños placeres de ir y venir son los que mantienen a cualquiera en perfecto equilibrio.


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