Cuando pintar nada lo es todo


Esta semana realicé una actividad en casa con mis sobrinos. Sobre papel bond tamaño rotafolio, tenían a la mano plumones, crayolas, colores, pinturas, pegamento y otros elementos para jugar y hacer su obra de arte.

Después de explicarles que su obra la íbamos a presentar en una gran noche de exposición artística para la familia, los dos pequeñines empezaron su labor creativa. Después de casi media hora, el mayor, de siete años, me presentó su trabajo, al cual le pegó frijoles, algodón y pintó muy pulcramente su idea.

Su explicación era maravillosa y lo que empezó siendo un dibujo terminó como una historia de aventuras con frijoles mágicos en una revoltura de cuentos que había escuchado y mucha imaginación.

Luego me acerqué al pequeño de dos años y le pregunté qué había hecho con tanta dedicación. Él volteó a ver su papel bond pintarrajeado, sonrió y orgullosamente me dijo: “Nada”. Tuve que contener mi carcajada para poder preguntarle: “¿Cómo nada, Mau? Esto se parece al mar, ¿no?”.

Volteó a verlo, se quedó mirando unos segundos su hoja y repitió con su vocecita: “No, es nada”. Y entonces afortunadamente me callé y dejé de insistir. Si es su obra, ¡pues que sea lo que él quiera!

Las actividades siguieron, pero había algo en la simpleza de su respuesta que me dejó pensando el resto del día. ¿Por qué tener que darle significado a todo lo que hacemos, aunque sea un simple dibujo?

Estamos condicionados a definir, clasificar, ordenar y analizar como parte de nuestro pensamiento humano que hasta cierto punto nos produce cierta tranquilidad, pero ¿qué sucede cuando esa condición nos aleja de simplemente ser por ser o hacer por hacer?

Nos volvemos víctimas de nuestro propio pensamiento creyendo que en realidad nosotros somos lo que pensamos y no que nuestro pensamiento forma sólo una parte de nosotros. “Yo soy”. ¿Por qué tener una respuesta para todo?




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