Cuarenta y Veinte


Cuando don Ricardo murió él tenía un año más de lo que hoy tiene su primogénito. Para el caso, mi padre excedió los límites establecidos por la estadística. Hoy, a dos decenios de su muerte, la expectativa de vida para los varones como él es de 75 años –ya nos la pelaron, papá– y para las mujeres, 77. Mi madre murió a los 88, documentando la fortaleza del sexo que llamamos débil. 

¿En lugar de sexo debo escribir género, según los reglamentos que inventan los tarados que quieren que se diga presidente y presidenta como si fuera cierto que cuando no asiste mi mujer a una junta le llamarán ausenta?

Pero eso no tiene nada que ver con la edad de mi vieja, que es una joven que no quiere decir su nombre.

De lo que se trata es esto: el 25 de febrero cumplió 39 años Ricardo Anaya Cortés, el candidato panista a la Presidencia de la República. Dos días más tarde, el 27, su disminuido rival priísta José Antonio Meade sopló –que dirían los cursis– 49 velitas en su pastel de cumpleaños. Andrés Manuel López Obrador cumplirá en noviembre 65 cascabeles, como decía don Ricardo, que a veces también era cursi.

Hasta el sexenio de Luis Echeverría Álvarez el tema de la juventud no había figurado en el idioma político mexicano. Los gobernantes, como en la Grecia antigua, los senadores, eran los expertos que habían cosechado sus méritos simplemente por haber estado tanto tiempo aquí. Don Luis añadió la “efebocracia” como concepto de la política mexicana, catapultando –para luego hacerlos descender a su terrenal dimensión– a sus jóvenes favoritos como Carlos Armando Biebrich, en Sonora, o Fausto Zapata Loredo, en San Luis Potosí.

El concepto devino la crisis de la clase política mexicana para dar paso a la tecnocracia. Súbito, con José López Portillo –y en mayor intensidad Miguel de la Madrid, para el éxtasis de Carlos Salinas– la calidad de todos era determinada por la fecha del acta de nacimiento y el grado de estudios en el extranjero. Harvard, Yale o la Soborna eran llave al poder, aunque el crédito de la Sorbonne era que se hubiera pasado brevemente por ahí solamente por un curso semestral de ciencia política o lengua y literatura francesa que se aprende mejor y de manera más divertida en los bares de París. 

Ambos. De ciencia política y de lengua.

Pero a lo que iba: ni la edad de unos ni el currículum educacional de otros nos adjudica calidades de intelecto o capacidad de decisión cuerda. Una de las más exitosas empresas mexicanas fue dirigida desde su simiente por un viejo conservador, el señor Lorenzo Servitje. Otras pujantes empresas son conducidas por muchachos, y muchachas, que –como decimos los de juventud acumulada– nacieron con ciertos chips en la cabeza y teléfonos más inteligentes que nosotros, que sus padres no tenían en su semen o en sus óvulos. 

Simultáneamente, he visto la catástrofe de empresas muy exitosas, por haber puesto todas sus fichas en el rombo rojo de la juventud en contra del negro de la experiencia, deshaciéndose de todo lo que oliera a la administración de su padre. Es evidente que en la vida y los negocios lo mejor es la fusión de la experiencia acumulada con el vigor emergente. La una sin el otro no sirven para nada.

Volviendo al programa de televisión de cuarenta y veinte, yo no estoy tan seguro de que un hombre de 40 pueda suplir satisfactores físicos a una mujer de 20 años; en la contraparte, no se puede esperar de una niña que tiene la edad de mi hija, una conversación profunda. Pero eso es un asunto de cama, y esta columna no es un consultorio sexual.

¿Hasta qué punto la madurez y la experiencia en el servicio público de José Antonio Meade o el colmillo mediático del anciano burócrata Manuel López Obrador nos blindan de la crisis política y económica que se nos viene encima con el orate del Norte? ¿En qué medida el confeso plutócrata y joven Anaya nos va a sacar del hoyo?

Yo no lo sé. 

Cuando yo tuve 40 años, no tenía dos novias de 20, como muchos de esa dorada edad lo desean.

PILÓN.- Entre las muchas estupideces del señor Lorenzo Córdova, administrador del INE, que es propiedad de todos los mexicanos que pagamos impuestos, ahora resulta que no se puede realizar en este interregno de las campañas, debates en los medios de comunicación de los candidatos a los puestos de elección popular. Tal vez en la secundaria pirruris a la que Córdova fue no le dijeron que la esencia de la democracia es el diálogo de posiciones y pensamientos encontrados.

Es muy probable que en sus clases de raíces griegas el señor Córdova –de ilustre y seguramente avergonzado padre– haya entendido que demos= pueblo; cratos= mis huevos..

felix.cortes@gimm.com.mx




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