De decisiones y papas fritas


Dejarlo, seguir. Resistir, soltar. Moverse, quedarse. Aceptar, rechazar. Por miles de años, como especie humana hemos caminado gracias a decisiones entre opuestos aparentes que nos han permitido defendernos de algún depredador, elegir el mejor lugar para vivir o renunciar al trabajo en el que nos sentíamos infelices. “La vida es la suma de tus decisiones”, decía Albert Camus. Esas decisiones que bien pudieron haberse tomado de manera intuitiva, impulsiva o racional, y que llevan a preguntarse ¿cómo se elige lo que se elige?

“Simplemente decide”, me dice mi padre, con una tranquilidad y ligereza en su tono de voz, como si me sugiriera comer las papas fritas que tengo delante de mí. Como si la acción de decidir un aspecto aparentemente trascendental que impactaría un par de facetas de mi vida fuera tan fácil como ver esas aceitosas papas en el plato y obedecer a la parte del cerebro que dice que es momento de estirar la mano, tomar una fritura, acercarla a la boca, masticarla y deglutirla.

“No es tan fácil, pa”, digo y observo la balanza imaginaria que sopesa dos opciones (cuando ocasionalmente y por fortuna sólo hay dos alternativas) y que se mueve hacia un lado y a los cinco minutos, hacia el otro. “Sí lo es”, me responde y comienza a hablarme sobre determinación y futuro hasta que llegamos a un punto bucle de una conversación que prefiero concluir lo más pronto posible.

Dicen que toda decisión implica una renuncia, pero ¿qué sucede cuando los aspectos a decidir o lo que se está a punto de renunciar tienen casi el mismo peso aparente?, ¿o la ponderación de cada punto a considerar varía conforme a las emociones y suposiciones en negativo o en positivo, que cambian constantemente?, ¿o cuando te das cuenta del increíble sesgo psicológico de la aversión a la pérdida que puedes llegar a tener y que sólo hace que le des más importancia a lo que pierdes que a lo que ganas?

Entré a un mar de confusión que me llevó a un extraño limbo por un par de días, ese que hace desaparecer las listas de pros y contras y los Exceles con ponderaciones, hasta que una persona muy especial lo detuvo todo al decirme: “¿De verdad te crees tan única como para asumir que la incertidumbre es sólo tuya?”. Tomando en cuenta que los momentos previos a decidir forman parte de nuestros procesos de crecimiento como seres en evolución, la aceptación por ese estado mental como parte del presente quizá podría disminuir la tensión y brindarnos más oxígeno para verlo con más tranquilidad y apertura. Es decir, seguimos en periodo de decidir, pero sin el agobio que lo acompaña.

Ya lo dijeron los neurocientíficos Edward Bowden y John Kounios: un cerebro en relajación –es decir, cuando la corteza prefrontal está relativamente libre– da como resultado intuiciones creativas que pueden hacer asociaciones libres e identificar posibles respuestas para solucionar un problema, o un dilema, en este caso. Sin el drama por querer tomar una decisión de inmediato y seguir en el camino por encontrar la opción que mejor se adapte a lo que somos, bien podría aplicar aquella frase de F. Scott Fitzgerald: “La prueba de un intelecto de primer orden es la capacidad de mantener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y quedarse con la capacidad de funcionar”.

Y sí, tratar de funcionar de la mejor manera, mientras se intenta relativizar el momento para comprender que la brecha de incertidumbre puede ser menor entre una supuesta gran decisión y aquella en la que decides comerte otro plato de papas fritas. 

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