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De las zanahorias y Pixar


Por muchos años creí que el sueño de mi vida era ser guionista de Pixar. Creo que fue justo cuando renuncié a mi último trabajo de 8 a 5 que la idea de ser guionista y formar parte de esta compañía empezó a vibrar cada vez más fuerte.

¿Cómo entrar a Pixar?, buscaba en Google casi todos los días, y formulaba la pregunta de diferentes maneras para ver si había una respuesta diferente, o más fácil, mientras adquiría un par de libros de guiones e intentaba devorar cualquier información que me hiciera acercarme cada vez más a mi meta adorada. 

Seguro que me sentiría plena y sería parte de un equipo grandioso (lo que me haría satisfacer mi eterno sentido de pertenencia parcialmente resquebrajado); presenciaría o al menos estaría más cerquita de las famosas sesiones de brainstorming, trabajaría en una industria que me encanta y podría compartir la pasión por crear historias auténticas que conectan con casi todo el mundo.

Emocionada por mi supuesta visualización, siguiendo algunas inocentes teorías de psicología New Age, me tardé un par de años en descubrir un pequeño detalle: nunca había terminado de escribir un guión.

¿Podría la emoción por idealizar un escenario cegar completamente la realidad? Al parecer, esta miopía vocacional hizo que pasara de largo que no tenía esa hambre por contar historias de esa manera, por lo que por más esfuerzos que dedicara a creer que lo hacía posible, no podía vislumbrar que no contaba (o no me interesaba contar) con la capacidad, interés y recursos adecuados para lograrlo. 

Era como si quisiera vivir con talentos e intereses prestados. Pareciera que es común confundir la intensa admiración por grandes profesionales y sus resultados con una falsa motivación por alcanzar un sueño que parece nuestro. Es como aquel que fantasea con ser fotógrafo de lugares inéditos, pero que en el fondo le molesta estar fuera de casa; o quien desea ser CEO de una empresa, pero quiere mantener sus hobbies como prioridad. 

Mis libros de guiones leídos sin terminar y mis libretas con historias a medias me decían una verdad que no había querido ver. Era como si lo valioso fuera sólo tenerla adelante de mí, como el caballo y la zanahoria, lo cual me generaba cierto grado de frustración, que con los meses se deshizo cuando finalmente me pregunté: ¿Por qué no lo he logrado? Fácil, porque en realidad no lo quiero hacer.

"El fin de la vida es el pleno desenvolvimiento. Estamos aquí para realizar nuestra naturaleza perfectamente", decía Oscar Wilde. Es la libertad la que nos permite permanecer o cambiar nuestros caminos. O podríamos llegar a ser más radicales y anularlos completamente, siguiendo a Nietzsche: "Ha sido el hombre quien ha inventado la idea de fin, pues en la realidad no hay finalidad alguna".

Es justo cuando te enfrentas a ti mismo que puedes descubrir que ese sueño puede no ser tuyo, o quizá sí y es momento de ir por él. Mientras comprendas que la plenitud está en otro lado y que los ´deberías´ son sólo una conjugación más del español, es posible que sea el momento de dejar de idealizar y empezar a actuar para seguir las metas de siempre o encontrar otro nuevo Pixar.


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