De sentirse observados


Imagine que por un par de horas nadie puede ver absolutamente nada lo que hace. En oscuridad total, camina, baila, cena y conversa con desconocidos que están en las mismas condiciones que usted, y a quienes tampoco tiene oportunidad de ver porque, por más que abra sus ojos, no hay ni un resquicio de luz que le permita hacerlo.

Es una de las cenas que organiza Diálogos en la Oscuridad, encuentros a cargo de facilitadores con discapacidad visual para sensibilizar a quienes estén listos para esa vivencia y potenciar sus otros sentidos que lo llevan, de acuerdo a su objetivo, a nuevos viajes sensoriales.

Fue hace un par de años cuando descubrí esa experiencia sin saber que me movería tanto y que he traído a mi mente en los últimos días. Más que el efecto sorpresa de la experiencia por ir conscientemente con cero expectativas, la admiración por el profesionalismo y entrega de los facilitadores, mi inutilidad por comer y hacer actividades que creería de lo más cotidianas sin referencia visual –en una ocasión me llevé el tenedor con comida a mi mentón-, lo que me dio más vueltas de toda la serie de aprendizajes fue una sensación que no había aún descubierto.

Me encontraba en una mesa de 10 personas que no había visto en mi vida (o no había escuchado, en este caso), pero que estaban ahí con la misma intención que la mía: vivir algo nuevo o diferente, o algo parecido. No nos habíamos visto las caras, así que perdimos total referencia de con quién estábamos hablando. Éramos simplemente 10 voces que no teníamos edad, complexión, altura, color de piel, ropa, peinado o maquillaje en particular, lo que hizo que no pudiéramos aplicar la ridícula manía por encasillar a nadie, más que por la manera en la que interactuaba con los demás.

“No me imaginaba que fueras así”, fue una frase que oí un par de veces luego de terminado el evento, ya con las luces encendidas, mostrando nuestro sesgo tácito de apreciación, que, aunque intentamos negar, parece que siempre está ahí. 

Sin embargo, lo que más me marcó fue la noción de libertad que conlleva el saberse que nadie está viendo. “Por primera vez, pude bailar”, dijo muy emocionado uno de los señores de mi mesa, luego de una dinámica en donde nos movimos con mucho cuidado a una pequeña pista de baile. 

Ya sentados nuevamente en nuestros lugares, el hombre nos confesó que normalmente se moría de la pena porque creía que sus movimientos carecían de ritmo y sentía todas las miradas de juicio sobre él. Pero en esa ocasión nadie estaba viendo, y supongo que la misma oscuridad también le dio la valentía de expresar su sentir porque no había ojos sobre él.

Entonces, intenté conducir esa frase hacia mis propios miedos. ¿Qué he hecho o dejado de hacer debido al juicio ajeno –que al final, es el propio– o el típico lastre del ‘qué dirán’? Ante un juicio que somete, encasilla, castiga o niega la paz, podría ser clave comprender que a lo mejor esos ojos en realidad son nuestros propios ojos reflejados en alguien más.

Manteniendo la cortesía por respetar al de enfrente, ¿se podría imaginar cómo sería su mundo si no se sintiera observado?


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