De sueños recurrentes: ¿quién te está viendo?


Uno de mis sueños más recurrentes ayer se hizo realidad. Es un sueño, o más bien pesadilla, que comienza de la misma manera: sin previo aviso aparezco en un escenario como parte del cuerpo de baile de un espectáculo musical. Las pestañas postizas extralargas entorpecen mi vista, que me permiten ver entre penumbras un enorme teatro abarrotado. Me volteo a ver y me descubro con un súper vestuario. Giro a ver a mis compañeros que tienen sonrisa de oreja a oreja, esperando la señal. ¿Pero qué estoy haciendo aquí?, ¿cuándo fue que aprendí esta rutina de baile? ¡No me acuerdo de nada! 

Oigo las baquetas de la batería indicando que estamos a punto de empezar, 1, 2, 3, 4... las luces se encienden, la orquesta hace que el lugar vibre y todos empiezan a bailar... menos yo, que con el corazón a mil sólo intento seguir los pasos como Dios me da a entender hasta que entre tanto agobio y confusión extrema, mi subconsciente me saca de ahí y cambio de sueño, o hace que me despierte aliviada por descubrir que en realidad no sucedió.

No me había percatado de la recurrencia de mi sueño hasta justo ayer que, alentada por una gran amiga, asistí por primera vez a una clase de danza prehispánica en un parque de la ciudad. Mi expectativa se reducía a que estaríamos un montón de chicas haciendo los pasos que indicara la maestra, así que cuando me di cuenta que de clase no tenía nada y que estaba por ser parte del cuerpo de una danza que no había visto en mi vida en una de las plazas más transitadas de la ciudad, no pude más que abrir mucho más mis ojos, sin comprender qué estaba a punto de hacer. Diablos.

La danza comenzó. Rodeábamos dos huehuétl –tambores en forma de tubo-, mientras intentaba seguir al ritmo de la música los pasos de la chica que tenía a mi lado y que guiaba la ceremonia, ante las miradas de decenas de personas que veían la danza como parte de su tarde familiar. Y sin tenerlo planeado, ahora sí mi momento recurrente frente al escenario se volvió real: cuando todas volteaban a la derecha, yo me iba a la izquierda; cuando se agachaban, yo me quedaba de pie, luego bajaba, mientras ellas subían, y daban un giro que me dejaba inmóvil queriendo desaparecer. "¡Todos están viendo que no sé!", pensé durante los minutos más eternos de mi vida hasta que el extremo nivel de agobio y sufrimiento por no querer sentirme tan vulnerable y avergonzada desbloqueó algo adentro de mí que me hizo responderme "¿Y qué?".

Imagen interna rígida es el término que define a quienes solemos tener pavor a hacer el ridículo, resultado, diría Freud, de la tensión entre el superyo y el yo, que junto con una distorsión cognitiva llamada "lectura del pensamiento" –la cual nos hace asumir que creemos saber lo que piensan los demás–, y una sobrevaloración de los convencionalismos sociales provoca que se desarrollen pensamientos dignos de cualquier personaje neurótico de Woody Allen. 

Durante mi primera danza prehispánica, fue a partir de aquel quiebre, luego de muchos minutos de extrema incomodidad que logré decidir quitarle el poder a la aparente opinión externa para finalmente entregarme a lo que estaba haciendo. Y es cuando la aceptación plena y aprobación interior vuelven a ser las protagonistas salvadoras que es posible descubrir que, quitando el peso de la extrema búsqueda por la aprobación social, cualquier situación que despierte el temor al rechazo se puede convertir en una experiencia cualquiera.

Considerando que todos estamos inmersos en nuestra propia realidad y procesos, descubrimos que podemos seguir danzando como nos dé la gana, justo cuando logramos comprender una verdad que libera a cualquiera: en realidad, nadie te está viendo.


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