Debate ¿para qué?


Los debates son la cereza del pastel en las elecciones, durante días, los equipos de campaña y las agendas de los medios giran en torno a ellos, pero su utilidad es de poca rentabilidad, son más un show y circo que una herramienta para apoyar a los electores en su decisión al votar.

Las reformas a la ley electoral obligan a que los candidatos presidenciales participen en cuando menos tres debates organizados por el INE. Las universidades y otros organismos pueden organizar sus encuentros, pero los candidatos no están obligados a acudir.

Los debates son una pasarela y no una verdadera estrategia que facilite el conocimiento de los candidatos y sus propuestas; a lo sumo, sirven para conocer lo que ellos quieren ocultar y sus opositores desean mostrarnos.

Los estrategas afirman que son útiles para que los candidatos expongan sus propuestas a los electores y que éstos seleccionen, como en el súper, el mejor producto conforme a sus intereses, esto es una utopía; en la realidad, el objetivo se concentra en bajar de las preferencias electorales a uno o varios candidatos, según la necesidad de cada participante.

Motivado por lo insípido de los debates en México, la autoridad decidió que éstos se estructuren de tal manera que los moderadores sean parte del mismo –tres en el caso actual–, cómo si ellos representaran a los millones de mexicanos sin voz que aspiramos confrontar a cada candidato, pero no es así, los moderadores preguntan e interrogan desde su personal interés y perspectiva.

Ibinarriaga (2012), en El Arte de la Guerra Electoral, afirma que "pocas cosas son más espectaculares y determinantes en una campaña política que los debates entre candidatos..."; agrega: "pueden ser algunos de los eventos más aburridos de una contienda", son espectáculos aburridos. Quién en su juicio cree que los electores toman decisiones con base a un show fastidioso de dos horas. 

Existe una corriente de especialistas quienes los ven como un momento más, el cual, salvo excepciones, no influye en las contiendas, más bien, son distractores para los equipos y sus estrategias.

El primer debate entre candidatos presidenciales del 2018 fue un Frankenstein que por momentos estuvo aburrido, en otros, entretenido y por ocasiones, un verdadero espacio para conocer a los candidatos y sus plataformas electorales.

Debatir ¿para qué? Quienes soportaron parte o todo el debate no superan los 15.5 millones de mexicanos. Estamos frente a una estrategia sosa y farragosa que no cumple el objetivo de atraer a los electores para que conozcan a los candidatos.

La lista nominal del INE se aproxima a 89 millones de electores, quienes vieron el encuentro en Palacio de Minería no supera al 17.5 por ciento. Falta saber a cuántos de ellos realmente les impactó como para modificar sus preferencias o definirse por uno de los cuatro fantásticos y "silver surfer".

En la elección 2012 lo más relevante fue la edecán y las miradas de Gabriel Quadri, quien degustó a la guapa modelo. En el primer debate 2018, lo trascendente fue la afirmación bizarra de Jaime Rodríguez respecto a mochar la mano de los ladrones. Una furtiva mirada y una ocurrencia lo memorable de los últimos debates presidenciales.

El análisis de los expertos termina en trivialidades como color y tipo de ropa usada por los candidatos, el lenguaje no verbal, los ataques más puntuales, el cartel más espectacular, el más fajador de los participantes u otra "bisutería electoral". Pocos enfocan su análisis en la calidad de los contenidos, en el estudio semántico, lingüístico o hermenéutico de las exposiciones.

Buscan debatir quienes se saben abajo en las preferencias electorales, evaden los punteros porque finalmente son baños de lodo y escarnio que no aportan a elevar la calidad de la democracia mexicana.

Los expertos afirman que se gana al término del mismo, en el posdebate. Con los festejos en plazas, con la participación de los equipos de campaña en mesas redondas donde se tiran con todo frente a las cámaras de televisión. 

¿Si los debates se ganan o se pierden en el posdebate y éstos son de mayor influencia en el electorado, entonces, por qué no ir directo al plato fuerte y dejar la entrada de lado?

Los debates son un circo que ayuda a la vulgarización de la política, a la exhibición de secretitos "falsos o reales" de los candidatos, pero poco aportan a la madurez electoral. Mientras no sirvan como herramienta democrática, debate ¿para qué?

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