Democracia


No son pocos los que dan por cierto aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Los nubarrones del presente hacen añorar épocas de antaño que se imaginan claras; pero, nada más falso. Para la mayoría de los hombres del ayer, la vida fue terriblemente oscura.

Ancestrales mitos sustentaban que sólo unos cuántos merecían el privilegio de, a su antojo, disponer de bienes, libertad y vida de sus vasallos. La educación era algo inimaginable para las mayorías; las mujeres eran un “mal necesario”; las gotas de sudor de los campesinos debían de escurrir de sol a sol para sostener la riqueza de esos grandes señores; las recién casadas tenían que pasar su noche de bodas con el amo, porque así lo dictaba el aberrante derecho de pernada; las ideas contrarias a la religión y al poder implicaban castigos mortales;  y así, muchos otros nubarrones ensombrecían la vida de aquellos desafortunados.

Quisiéramos pensar, románticamente, que hubo un día en que alguien soñó que las cosas podían ser diferentes, que el respeto y las oportunidades podían repartirse con equidad entre todos los hombres y mujeres. Pero no, esto que se escribe rápido en el papel, se ha venido escribiendo con desesperante lentitud en la historia y aún no es asunto terminado.

Fue en el siglo V a. de C. cuando surgió en Atenas un régimen político en el que, ciudadanos –sólo los varones atenienses de pura cepa–, se reunían en la Ekklēsia o “asamblea popular” para deliberar y decidir sobre las grandes cuestiones del gobierno. De ahí nacería el término “demokratía” (poder del pueblo), formada por “demos” (pueblo) y “kratos” (fuerza, poder). Aunque, hay que decirlo, en su concepto de pueblo quedaba excluida la mayoría de la población, así que más bien se trataba de una aristocracia ampliada, pero al menos nació la palabra democracia, que tendría que esperar mejores tiempos para albergar mejores sueños.

Por muchos siglos, la democracia fue vista como un concepto exótico; pero con el ascenso gradual de la burguesía fue tomando fuerza. Para ubicarnos en el tiempo, vale comentar que en castellano, el registro más antiguo de la palabra es de la primera mitad del Siglo XVI y, en 1732, el primer diccionario de la Real Academia daba esta escueta definición: “Democracia: Gobierno popular, como el de los Cantones Suizos y otras”.

Fue con la Revolución Francesa (1789) cuando los vientos democráticos soplaron más fuerte y, poco a poco, se extendieron por Europa y después cruzaron el océano para llegar a tierras americanas. Las consecuencias no se hicieron esperar: cayeron monarquías, nacieron repúblicas, se abolieron esclavitudes, se independizaron colonias, se enunciaron los derechos humanos y las mujeres iniciaron su lucha por una justa equidad de géneros.

La democracia, como hoy la vivimos, no es ninguna panacea, aún es una historia inacabada. Pero, a pesar de sus imperfecciones, es lo mejor que tenemos para mantener viva la utopía de llegar a tener un sistema de vida más justo para todos.

Por lo pronto, tenemos la opción de dar nuestro voto (del latín votum “promesa”), al candidato (de candidus, “blanco brillante”, porque de ese color vestían en Roma quienes aspiraban a un puesto en el Senado) que más nos convenza. Hagámoslo y aunque con esto no le pondremos punto final a la historia, sí contribuiremos a que se siga escribiendo. Se lo debemos a las futuras generaciones y a quienes hicieron lo propio en el pasado, con mucho menos esperanzas que las que hoy tenemos.


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