Diminutivos olvidados


Entre las palabras que hoy hablamos, hay algunas que, bajo el polvo del tiempo que las cubre, ocultan un diminutivo que ya ha sido olvidado. Están ahí, tan a la vista que no los vemos; y sólo los ojos de la historia nos dejan descubrir a esos diminutivos fosilizados. 

Además de caminar por ellas, desde siempre las banquetas han servido para sentarse. En ellas reposan los caminantes para tomar un respiro y, para muchos, fue lugar de reunión para conversar con los amigos del barrio; o asiento para, en silencio y en soledad, sentarse a ver pasar la vida. Fue en México en donde, por estas circunstancias, las aceras fueron llamadas banquetas, diminutivo antiguo de banca. Si este bautizo hubiera ocurrido en estos tiempos, estaríamos caminando y sentándonos en las "banquitas".

Desde la época colonial, Celaya, pueblo de Guanajuato, se hizo célebre por producir un delicioso dulce de leche quemada de cabra. Como buenos artesanos, idearon para empaque unas "cajetas" o cajitas como diríamos hoy, hechas de madera delgada y con forma circular. Gente de diferentes lugares, cuando pasaba por ahí, no perdía la oportunidad de comprar "cajetas de dulce de leche quemada", pero, ¡uf!, la prisa era mucha, así que bastaba con comprar "cajetas". De esta reducción, quedó que este dulce hoy sea conocido con ese nombre: "cajeta"; aunque ya su envase no sea una cajita.

A modo de medalla, a los niños romanos les colgaban del cuello una bola de metal, hueca, en la que guardaban pequeños amuletos que los protegían de las "malas vibras". A este artefacto, por evidente razón, lo llamaban "bula", que significa "bola". Luego pasó que se instaló el cristianismo y los papas encontraron práctico colgarse del cuello una "bula" en la que guardaban los sellos que autentificaban los documentos en los que concedían indultos, exentaban de impuestos y algunas otras concesiones a personas privilegiadas. De esos sellos que se guardaban en la "bula", quedó que a tales documentos los llamaran "bulas papales". 

Al paso del tiempo, otros papeles que tenían cierto valor, aunque ya no fueran sellados por el papa conservaron el nombre de bulas, pero para marcar distancias se usó el diminutivo "buleta", que luego fue "boleta" y hasta "boleto". Lo mismo ocurrió en francés, pero en esa lengua el diminutivo fue "bullete" y luego "billet", llegando al castellano como "billete". Así que ya ven, para no hacernos bolas, quedémonos con que boleta, boleto y billete... son diminutivos de bola.

Para nombrar al papá del papá, en latín se decía "avus", pero los niños romanos preferían expresar su cariño llamando a su papá grande "aviolus", diminutivo de avus. De "aviolus" se formó la palabra castellana "abuelo". Así que ésta es otra palabra que esconde un antiquísimo diminutivo y, para que no haya sentimientos, esta historia también vale para las abuelitas.

En diccionarios antiguos, encontramos que a un tipo de clavo de cabeza ancha lo llamaban "tacha". Entre otros usos, servían para reparar recipientes metálicos, casi siempre de cobre, y aunque seguían sirviendo por tener tachas ya no eran tan apreciados como los "intachables". Según esta teoría, esto daría lugar a que "tacha" tomara el significado de "mancha, defecto". Lo anterior es de pilón, porque en realidad lo que quería decir, para regresar al tema, es que cuando el tamaño de la "tacha" era más chico que el estándar, entonces se llamaba "tachuela", diminutivo de tacha.

Banqueta, cajeta, boleta, boleto, billete, abuelo y tachuela son sólo una pequeña muestra de muchas palabras que, si les sacudimos el polvo del tiempo que las cubre, nos dejaran ver diminutivos que ya desde hace mucho tiempo han sido olvidados.


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