Dios y el hombre


Dios y el hombre son los protagonistas centrales de una historia especial, la historia de la salvación, la historia de amor interminable por parte del Creador hacia la creatura. Vemos en la Sagrada Escritura una constante: el hombre que se aleja y Dios que sale en su búsqueda. 

Vemos cómo el pueblo elegido muchas veces cae en actitudes y comportamientos recalcitrantes que no cumplen con las expectativas de Dios. Cómo el hombre con facilidad diluye su identidad y olvida su total dependencia de Dios para poder existir.

Dios no se desentiende nunca del hombre ni de su historia personal, a pesar de las desavenencias por parte del hombre. Hay una constante proximidad de Dios que se va manifestando en su paz. Una paz que Dios transmite para rehacer lo que estaba lastimado, regresando nuevamente al hombre su dignidad, sus valores, la verdad, lo noble, lo justo y puro de la vida, todo lo que es amable y honroso, como nos dice el mismo San Pablo en su carta a los filipenses. Dios busca guardar nuestros corazones y nuestros pensamientos, con su presencia pacífica y amable en nuestras vidas.

El hombre es rebelde y le cuesta escuchar la verdad. Vemos en la misma Sagrada Escritura una lista larga de profetas lapidados y asesinados por no decir lo que la mayoría quería escuchar, concluyendo de la misma manera con la vida de Jesús. Y vemos cómo con la Resurrección de Jesús se reinvindican los derechos de Dios sobre el hombre: el amor. La muerte y el mal que anida por envidias y subjetivismos, es aplastada por la Resurrección de Jesús que es vida, y la es en abundancia.

No podemos seguir respondiendo a Dios con violencia, con rechazo, con alejamiento. Nuestros días nos interpelan e invitan a examinar nuestra conciencia, a analizar qué tan presente dejo que esté Dios en mi vida. Tres aspectos que pueden servirte:

¿Qué hará Dios? Dios es el dueño de la viña, vendrá un día a encontrarse conmigo y me cuestionará sobre el trabajo, el comportamiento y mi modo de vivir en el mundo. ¿Qué hará al final conmigo? ¿Cuál será la paga que recibiré? Piensa cuántas veces te haz alejado por comodidad, te haz alejado por desgana, te haz alejado por un falso e ilusorio justificacionismo de lo que te rodea para no estar con Dios.

Nunca lo olvides: Dios nunca se aleja de ti, tú eres el que te despistas y dejas de considerarlo y tenerlo presente en tu vida.

¿Qué hará Dios? Colócate por el último el termómetro de entrega y entusiasmo en los compromisos, asumidos con libertad, con Dios. En la viña de Dios trabajamos, con el tiempo es un hecho que vamos asumiendo responsabilidades, compromisos y pactos, que llegan también a ser sagrados. Dios no juega con las promesas que hacemos con Él. Hay algunos que quieren tomar, como los viñadores perversos, el papel de dueños de la viña, con lo que se sienten apoderados de hacer y deshacer cualquier cosa a su gusto. No se dan cuenta de la insensatez e inmadurez con la que viven, pues no hay Titanic que sobreviva a un golpe duro en la vida, que puede llegar tarde o temprano, la historia del hombre sin Dios lo ha demostrado... cuando se pisotea lo sagrado, cuando se pisotea el amor, reverdecen los cardos y el egoísmo, dejando el corazón del hombre seco y duro. Que cuando llegue el auténtico Dueño de la viña a examinarte sobre tus promesas, reconozca en tus arrugas y en tu esfuerzo la lucha por ser fiel, tus caídas y fallos, pero sobretodo tu ardiente compromiso de corazón por salir adelante, por sembrar amor a diestra y siniestra.

No nos cansemos de agradecer la constante intervención de Dios en nuestra historia. Aprendamos a reconocer a Dios y sentirnos siempre necesitados de su ayuda. No arrojemos a Dios de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestros trabajos, de nuestras promesas. Hoy más que nunca necesitamos de Dios en la viña, le necesitamos cerca como buen pedagogo en el camino de nuestra salvación. No podemos vivir a espaldas de Dios y de lo espiritual; de Dios nadie se ríe, su justicia y su misericordia son eternas. La historia de encuentros entre Dios y el hombre es eterna, y seguirá por siempre; no maltratemos lo que no es nuestro y respetemos lo que es de Dios: el hombre mismo, la creación y lo sagrado que nos rodea.

Santa María Inmaculada, de la Dulce Espera, Ruega por nosotros.


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