Échame a mí la culpa


Normalmente, de las cosas que más nos informan son de las que menos sabemos.

Durante una semana entera, los mexicanos hemos estado pendientes por todos los medios de comunicación del destino de  Marco Antonio Sánchez Flores, un chavo de 17 años que un día desapareció de la ciudad capital, luego de pasar por las manos de unos policías, para reaparecer cinco días más tarde en el Estado de México, luego de pasar nuevamente por las manos de otros policías al caminar errabundo por alguna de sus calles.

Hasta aquí es lo que yo sabía ayer por la mañana.

Por la tarde ya me enteré que el chavo había sido recapturado y entregado al hospital psiquiátrico infantil Dr. Juan N. Narro que emitió de él una “hoja de referencia” en la que se asiente que el joven muestra un cuadro de “delirio mixto”, que es irritable y que, con fluctuaciones de un estado de alerta tiene un “discurso desorganizado”.

Dicho en cristiano, según nos enseñaron las películas gringas de los cincuentas, no reconoce ni dónde está, ni la fecha, o al Presidente de la República. Vamos, que no sabe quién es. A mayor abundamiento, la escasa información dice que cuando su padre fue a recogerlo lo agredió a golpes. Y dice su primo Raúl Martínez Sánchez que ni a su madre reconoce.

Pero eso es chisme.

La autoridad rechaza la sustentable suposición de que este muchacho haya sido maltratado a golpes por las policías de la Ciudad de México y del estado vecino, simplemente porque las heridas que presenta en su rostro y cuerpo no son de las que ponen en peligro la vida o tardan más de quince días en sanar. Conste, que el abuso policial debe dejar heridas permanentes y eventualmente mortales.

Pero queda en misterio lo que pasó con este chico durante cinco días. Nadie sabe dónde andaba hasta que se le ocurrió volver. Hay muy pocas cosas claras, precisamente porque se han dicho muchas cosas sobre el asunto.

Marco Antonio, como decían en mi pueblo, está loquito. O, como dice mi mujer, no está completo. Pero el asunto no es ése.

El tema es que desde Miguel Ángel Mancera, el gobernador de nuestra capital inmensa –condolencias sinceras por el fallecimiento de su señora madre–  hasta el último de sus funcionarios ha tenido que ocuparse del destino errante de este joven, explícitamente, como si no hubiera tantos jóvenes vagabundos.

El asunto es que Marco Antonio se convirtió en un asunto mediático, por lo tanto político. En este tiempo todo es político; eso lo inauguró en la Feria del Libro de Guadalajara el presidente Peña, lo incrementó don Aurelio Nuño que no sabe ler y lo ratificó el candidato Meade que ya había resolvido un par de cosas. 

Claro que esto es político. Ningún chavo desaparecido a manos de cualquier policía, cosa que sucede a diario, ha podido convocar, como Marco Antonio, a más de tres decenas de acarreados con cartulinas –una decía “pena de muerte a los policías”– al monumento a la Independencia, que llamamos el Ángel espontáneamente. No hay adolescente que entre a un OXXO pidiendo comida sin llamar la atención. Alguien está tratando de usar este caso para fines políticos, electorales. Nos tratan de jugar el dedo en la boca. Como decía mi abuela: nos quieren dar atole con el dedo.  

 Sabemos demasiado poco del caso de Marco Antonio Sánchez Flores. Probablemente porque hay mucho que esconder. Ahora, es muy fácil decir, como yo hago ahora, que Marco Antonio está loquito.

Cuando nuestra policía, nuestras autoridades, nuestro sistema judicial, nuestros medios de comunicación, carecen de cordura, ¿no será que todos nosotros andamos un poco mal de la azotea?

PILÓN.- Pudiera parecer una mala broma de Diosito. Al mismo tiempo que Donald Trump leía su discurso sobre el Estado de la Unión y así se justificaba con sus conciudadanos por los efectos que un año de ejercicio en el mando les está causando, en París estaba comenzando una segunda ronda  de las discusiones sobre el cambio climático que el Presidente de los Estados Unidos insiste en negar y de cuyas consecuencias los que somos de mi generación  y la que sigue no vamos a tener la triste experiencia de sufrir.

El acuerdo de París, que trata desesperadamente de combatir el sobrecalentamiento del planeta, se revisa entre discursos que de entrada se saben tan innecesarios 

como rimbombantes.

El gobierno de los Estados Unidos no está ahí.  Como si lo estuviera. Los discursos no modifican ni un milímetro –y estoy hablando de un milímetro enorme– la cantidad de hielo del glaciar del Norte que se va derritiendo para aumentar el nivel de los mares y el peligro de nuestras aguas que, al cabo de años, va a cambiar el perfil de todas las costas del mundo y dejará bajo el nivel del mar ciudades como San Francisco, Barcelona, Acapulco, Miami o el mismísimo New York .

La culpa no es de Trump ni de los Estados Unidos. China es probablemente un país más contaminante de los aires lejanos de Norteamérica. Pero el asunto es que sin no encontramos un acuerdo conciliatorio de intereses que nos saque de ese brete en que el medioambiente –que no es otra cosa que el resultado de lo que dejan nuestras acciones– nos está literalmente, sumergiendo, estamos fregados todos ustedes.


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