El camino a la servidumbre


Son muy pocos los países del mundo que pueden honestamente decir que han recorrido completo el camino a la servidumbre del que habló Friedrich Hayek. Pocos líderes del mundo han abrazado con tanto celo la idea falsa de alcanzar la libertad para sus pueblos a través de un gobierno que decida todo para todos en materia económica, en lugar de permitir que cada quién sea artífice de su propio destino financiero. Al final, lo que sucede es que hunden a sus naciones en la miseria. Hay menos desigualdad, pero hay más malestar y pobreza.

En la época de derechos humanos, garantías individuales y la libertad personal, parecería que es difícil encontrar un lugar en donde haga sentido sustituir el libre mercado por programas de economía planificada; en los cuales poco a poco, el gobierno empieza a decidir qué, cómo, cuánto, cuándo y dónde se produce lo que necesita el país. Sin embargo, lo que han demostrado los sistemas democráticos modernos es que, en realidad, es fácil vender la idea de que la culpa del malestar que existe la tienen los que, en la situación existente, se encuentran bien.

El origen de estas ideas radica en una filosofía que ve en la dinámica social opresión, y propone como solución, la redención. El origen de la desigualdad social y económica no son las diferencias en talentos y capacidad de las personas, ni tampoco las distintas decisiones que cada uno toma en su vida. Hay desigualdad –según ellos– solamente porque hay corrupción, tráfico de influencias y una especie de organización conspiracionista entre los pudientes y diversos agentes económicos extranjeros, para saquear al país y servirse de los necesitados en el proceso.

Estas historias, que pudieran parecer propias de la ficción, se inscriben detrás de los discursos de quienes, so pretexto de hacer justicia social, emprenden el camino a la servidumbre. El modelo de economía neoliberal (de mercado abierto) crea desigualdad porque es normal que tras una serie de intercambios comerciales a unos les vaya mejor que a otros. Si todos fuéramos iguales, entonces no sucedería. Alcanzar una utopía económica no es restringir la desigualdad, porque ésta es normal. Si la desigualdad se acentúa tanto que hay quienes, de plano, ya no pueden competir por sí mismos en el entorno social, entonces el gobierno debe intervenir para prepararlos y darles herramientas para que sean económicamente productivos y competitivos.

Creo en una economía abierta de mercado, que también tenga un componente social para ayudar a los desfavorecidos; pero no en una economía planificada en la que se restrinja el libre desarrollo de las empresas. Los grandes agentes económicos deben de tener límites de competencia justa y no convertirse en monopolios; pero no órdenes de control de precios y cuotas de producción. Lo que sucede es que bajo el pretexto de mejorar los precios porque las rentas las oculta la clase empresarial en perjuicio de los trabajadores, o alusiones falaces de esa índole, se acaba con la productividad. Truenan los negocios y el gobierno, después, pretende asumir un rol que no le corresponde, de ser él mismo quien coordine la manufactura de los productos y la prestación de los servicios que se requieren en el país.

Soy partidario de un gobierno que proteja, gestione e impulse la riqueza nacional; pero no un gobierno que por sí mismo la produzca. Ni siquiera en áreas estratégicas como Pemex. Si no hubiéramos expropiado Pemex, probablemente nos hubiéramos tardado más en desarrollar al país; pero hubiéramos evitado la catástrofe del sexenio de López Portillo, tendríamos empresas petroleras mucho mejores (probablemente seríamos una gran potencia en este tema) y pagaríamos gasolina más barata.

Cuando el gobierno se pone la cachucha de empresario las cosas suelen salir mal. Cada actor en la sociedad tiene que conocer el rol que le corresponde. La tesis de Hayek es interesante: no puede planearse para todos con normas generales de distribución justa, porque cada persona es diferente y enfrenta diferentes realidades. Proponerse hacerlo es adentrarse en el camino a la servidumbre. El gobierno debe de ser un actor más; pero no el absoluto protagonista, la entidad más importante o el organismo del que todos dependemos. Estamos esperando a ver qué hace el gobierno, porque el gobierno hace todo, se mete con todos y decide todo. Cuando deja de haber poder de decisión en la sociedad, se llega a la servidumbre.



Volver arriba