El cromosoma extra


Es primavera. La naturaleza coquetea con la abundancia de sus colores, con la frescura de sus brotes y formas... con su diversidad. 

El mundo es diverso de muchas maneras. Celebrar la diversidad y pensar sólo en la sexualidad humana reduce el festejo. Es como pensar en la primavera sólo por sus flores ignorando la luz del sol que nos hace sentir más positivos, con ánimo de aire libre, de amor; es olvidar el descenso de la serpiente en Chichén Itzá, la alegría de la Pascua, el olor a tierra mojada y a pasto nuevo; es cerrar los oídos al alboroto de los pájaros o al croar de las ranas esperando lluvia.  

Somos humanos. Somos diversos. El tono oscuro de la piel marca una diversidad étnica tantas veces asociada a la pobreza, o al crimen; a la desconfianza o al terrorismo. La diversidad política o religiosa divide las mejores mesas de convivencia familiar; está la de los que nacen en un país y se quedan, y la de los que emigran soñando con mejores tierras. Existe diversidad entre mujeres y hombres, y también en sus preferencias sexuales. Encontramos diversidad en las capacidades humanas y en los que nacen con un cromosoma extra. Está la diversidad del lenguaje, la social, la biológica y la económica. La lista sigue. 

Diversidad es una palabra rescatada de un concepto viejo. No es sólo el resultado de migraciones o de la globalización, porque además de la etnia y la cultura, están las diferencias de género, de clase, de fe, de política que han causado tantos conflictos y sufrimientos en la historia de la humanidad. La diversidad estaba siempre, pero es ahora que hemos comenzado a vernos a nosotros mismos y a crear pertenencias clasificadas en grupos sociales: mujer, vegana, heterosexual, fotógrafa, diabética, soltera, católica, hispana... Nos tomamos el selfie. ¿Quién soy? La imagen tiembla ante lo diferente. Y es que es retadora, la diversidad quiero decir, porque amenaza la seguridad de sabernos una familia tradicional, por ejemplo, (¿funcional?, ¿sana?, ¿feliz?) o la estabilidad de una sociedad libre de migrantes (¿ideas?, ¿creencias?, ¿desempeño?, ¿costumbres?). La diversidad compromete una identidad frágil. 

Mis nietos usan calcetines negros o blancos para ir al colegio, uniformados crean identidad. Pero el miércoles pasado, no. Ese día llevaron calcetas de rayas verdes, amarillas, negras, calcetines de elefantitos morados y cebras rojas, de peces azules o de bolas de colores. Se pusieron un calcetín diferente en cada pie. Con los calcetines disparejos y llamativos simbolizaron la diversidad de las capacidades diferentes en el Día Mundial del Síndrome Down. En el año 2011, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió fijar esa fecha, 21 de marzo (21/3), como símbolo que recuerda la triplicación del cromosoma 21, llamado Síndrome de Down. Mis nietos conocen a estos niños especiales porque conviven con ellos, les han hecho un espacio en su salón de clase, en sus fiestas, en sus vidas. Un cromosoma extra modifica capacidades, pero no tiene la fuerza de detener la amistad sostenida por subibajas y resbaladeros a la hora del recreo.  

En la escuela, los niños aprenden a dialogar con lo diverso. Entonces recuerdo esta frase de Henri Nouwen: "Hospitalidad significa crear espacios en donde el extranjero puede entrar y ser amigo, no enemigo". Y extranjero no es el que tiene otra nacionalidad, extranjeros somos todos, los unos de los otros en esta diversidad al ser persona. Los espacios vacíos no son huecos para llenarse con ideas ajenas o contrarias a la identidad propia. Tomamos selfies aún cuando viajamos en grupo. Es sólo eso, un espacio, una zona neutra de comunicación y convivencia con lo diverso. Un pensamiento saturado de creencias, prejuicios e ideas radicales no encuentra silencio para escuchar al otro, mucho menos un espacio para dejarlo entrar. La hospitalidad, continúa Nouwen, no cambia personas, sólo ofrece un espacio para ser; tampoco intenta unificar ideologías o comportamientos porque cree en la libertad sin líneas divisorias. 

Aceptar a niños con Síndrome de Down en las escuelas es hacer un espacio para el extranjero, lo mismo que se hace para el niño coreano, el argentino, o el mexicano que tiene papás divorciados. Todos llevamos calcetines de distintos colores, aunque busquemos pertenencia en grupos de calcetines negros o blancos. La vida está llena de extranjeros, personas de las que me entero poco o nada, sus vidas son tan ajenas a las mías porque no me permito ningún contacto con ellas. Quizá algún día dejemos las clasificaciones, –que si rusa, que si judía, que si feminista, que si socialista, que si pobre–, y basten los atributos de nuestro ser para describir quiénes somos. Ésa, sería la gran celebración. 


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