El Diario de Agustín Soberón


La noche del jueves 10 de febrero de 1859, siguiendo su rutina, don Agustín Soberón Sagredo abrió su diario y escribió lo que para él fue lo relevante de ese día: "A las nueve de la mañana pide el gobernador Degollado una posta, y sale con un postillón a galope para El Cedral, de donde vuelve por la tarde". ¿Posta? ¿Postillón?...

Para llevar mensajes de una ciudad a otra, lo más rápido era hacerlo en un veloz caballo y para eso se necesitaba un buen jinete que lo corriera, un correo. Pero la energía de los equinos no es infinita y se cansan, así que cada cierta distancia se establecían postas o puestos en donde el correo tomaba un caballo fresco (también llamado posta) y dejaba al cansado para que se repusiera. Además, para asegurarse de que seguiría el camino más rápido y más seguro a la siguiente posta, se hacía acompañar de un postillón, que era un especialista en ese tramo del camino. Esta circunstancia desapareció, pero el lenguaje conservó palabras que evocan esta historia, como correo, que ahora puede correr en un caballo de electrones y postal que ahora es un código de la región en la que vivimos.

Agustín Soberón Sagredo (1819-1873) fue un próspero comerciante del Siglo XIX asentado en la entonces Villa de Matehuala, en San Luis Potosí. Ahí le tocó vivir los avatares de esa convulsionada centuria: los primeros años del México independiente, las guerras entre conservadores y liberales, la invasión francesa, el imperio de Maximiliano y la restauración de la República por el presidente Juárez. 

El domingo 3 de enero de 1858, don Agustín tomó un cuaderno en blanco, anotó la fecha en la primera hoja y escribió la escueta frase "Comienzan los toros". Así inició un diario que siguió escribiendo durante casi dieciséis años, hasta pocos días antes de su muerte en 1873.

En sus páginas fue contando lo que le parecía relevante de cada día: escribió de como él y otros vieron mermado su patrimonio por los constantes "préstamos" forzosos que les exigían los grupos militares que pasaban por la villa, sin importar el bando al que pertenecieran; de las dolorosas pérdidas de amigos y familiares que mataron las enfermedades y las balas de esos años; de las escasas fiestas que podían celebrarse en el pueblo y de la impotencia que en su momento sintieron al ver a los invasores franceses hacer de la iglesia del pueblo un cuartel militar.

Ese diario, en el que contó tantas cosas que se vivieron, no sólo en Matehuala, sino también en el país, lo guardaron sus hijos, y luego los hijos de sus hijos, y así, el Diario de Agustín Soberón Sagredo llegó a sus actuales descendientes que, con apoyo de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en el año 2013 lo publicaron y ahora ya está disponible para todos.

Se ha formado en Matehuala un entusiasta grupo que se ha dado a la tarea de difundir esta obra que tanto abona a la historia de la región y del país. En evento reciente, me invitaron para dar una charla en las instalaciones de la Universidad de Matehuala sobre "Palabras que se usaron el Siglo XIX y que hoy están en desuso". Sin dudarlo, me fui de "cacería" a las páginas del Diario de don Agustín Soberón y ahí capturé muy buenos ejemplares para cumplir con esta tarea. Los primeros párrafos de este artículo son una muestra de las historias que ahí conté.

Se acaba la vida y se apaga la voz, pero la palabra escrita no se va con los muertos. Tal vez duerma por mucho tiempo en su refugio de papel hasta que, un día, unos ojos curiosos la saquen de su letargo. Entonces, en extraña sesión espiritista, la voz del que fue resonará en la mente de alguno que todavía es.

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