El error de Thomas Malthus


Por razones que nos rebasan, vivimos en la época de mayores cambios tecnológicos en la historia de la humanidad. Esa realidad es más destino que decisión. Hasta antes de la Revolución Industrial de hace ciento cincuenta años, economistas como Thomas Malthus veían con preocupación el crecimiento de la población mundial contra la capacidad de explotación de los recursos naturales: según Francis Fukuyama se usaron las mismas técnicas productivas por entre 800 o 1,000 años.

Después de la Revolución Industrial –quizá preconcebida durante la Ilustración con un movimiento de sustituir el dogmatismo por una filosofía más inquisitiva, que se propuso someter al escrutinio de la lógica y la razón las verdades conocidas– nos hemos envuelto en un espiral de transformaciones. Nuestros tatarabuelos vivieron vidas cotidianas que funcionaban enteramente distintas a las nuestras. Pero antes de ellos, por veinticinco generaciones, la vida se vivió básicamente igual. La preocupación de Thomas Malthus era que la población creciera tanto que sobrepasara su propia capacidad para generar lo que se requiere para cubrir las necesidades básicas de las personas. La teoría de Malthus quedó en el cajón, en las bibliotecas y como referencia histórica.

Apenas cincuenta años después, los mecanismos de producción sustituyeron un crecimiento económico extensivo (en el que los países producen más en la medida en que tienen más población económicamente activa) por un modelo de crecimiento intensivo (en el que existe una acumulación de recursos porque se incrementa la producción a través de innovación y tecnología). Quedó demostrada la capacidad sobrada del ser humano para satisfacer una demanda creciente de todo tipo de insumos.

Desde la Revolución Industrial no nos hemos detenido. Al día de hoy, ha quedado más que clara la necesidad de invertir en investigación y desarrollo para afianzar ventajas competitivas e incrementar la participación de mercado. Mi pronóstico es que de aquí en adelante se seguirán destinando miles de millones de dólares a estos propósitos. Las nuevas tecnologías que siguen surgiendo impactan en la forma en cómo vivimos nuestras vidas ordinarias, alteran la forma en cómo satisfacemos necesidades, y, por lo tanto, se transforman los procesos de producción para atenderlas.

En nuestra época se habla de una nueva revolución, ya no industrial, sino digital, tecnológica y de acceso a la información. Estas transformaciones seguirán sucediendo a pesar de lo que nosotros decidamos en México el próximo 1° de julio. La realidad es que escapa nuestro poder de decisión en la esfera nacional. Es un fenómeno global.  Recientemente, Earl Anthony Wayne, de The Mexican Institute, publicó una investigación en la que concluye como diagnóstico que América del Norte no está preparada para los trabajos del futuro. Su pronóstico es que, por ejemplo, para el año 2026, 1.4 millones de personas en Estados Unidos van a perder sus trabajos debido a las nuevas tecnologías.

Desde mi punto de vista, los anteriores fenómenos reflejan que los retos de México van a cambiar drásticamente para finales del próximo sexenio. No dudo que en las próximas elecciones presidenciales volvamos a escuchar hablar de los mismos temas. Sin ser pesimista, supongo que la pobreza y la inseguridad seguirán siendo factores importantes que atender en el país. Pero estoy convencido, que aunque los próximos candidatos vuelvan a hablar de educación, energía, salud, comercio y combate a la corrupción, la retórica será distinta. Con eso en mente, me queda claro que este primero de julio necesitamos escoger a un líder visionario, que prepare al país para una realidad abrumadoramente distinta, que muy seguramente nos espera. Por eso, necesitamos un nuevo Presidente que entienda la agenda global, los fenómenos del mundo y tenga posibilidades de desarrollar una capacidad adecuada hacia el interior de nuestro país para amortiguar las incomodidades y saldos negros que todos los cambios inevitablemente conllevan para quienes se benefician del estado actual de las cosas.

Somos un país que ha decidido en los últimos años vincular su desarrollo integrándose a procesos productivos mundiales. Tenemos una red de 12 tratados de libre comercio con 46 países, 32 acuerdos para la promoción recíproca de inversiones y nueve acuerdos de complementación económica. Las disrupciones que sucedan en el mundo nos van a afectar. Pienso que nuestro camino más seguro de bienestar, prosperidad y empleo, depende de la capacidad que desarrollemos para adaptarnos y continuar con nuestro mismo sistema de libre mercado. Votemos por un Presidente que escoja abrazar el futuro de frente.


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