Monterrey
Guillermo Muñoz Diego
Un Regio En La Capital

Tapados y destapados para el 2018

El libro del Génesis según Aranofsky


Entre las preguntas perennes de Franklin Baumer: ¿quién es Dios?, ¿quién es el hombre?, considero que en la respuesta de la primera, reconocemos que sólo la segunda importa. De esta forma, para Darren Aranofsky, a través de una desmitificación del libro del Génesis y de la Pasión de Cristo, logra cautivar al espectador en una de sus mejores adaptaciones intelectuales.

El Poeta, la Madre, el Adán, la Eva, los hermanos Caín y Abel, son algunos de los personajes que utiliza Darren Aranofsky en su nuevo filme ¡Madre! Sin duda, es una de las grandes películas de la historia del cine y será merecedora de muchos premios, seguramente. La singularidad del director recae, como se puede apreciar en sus filmes Requiem por un Sueño y Cisne Negro, en su capacidad de provocar dolor, alegría, escalofríos, sorpresa y miedo al espectador, con el simple uso de sonidos. La película, llena de alegorías y metáforas, me hizo recordar mi propia infancia –de educación conservadora, religiosa y mística–, y pensar en las implicaciones que yo considero que tiene la obra. Desde luego, lo que expondré es una interpretación personal que, en algunas ocasiones, coincide con la 

del director.

Dios crea a partir del amor, y sólo a través de él, puede seguir creando: explicación del potencial creacionista de dios cada vez que nace un bebé y él decide introducir un alma en él. El paraíso, creación perfecta de Dios, es carcomido por la decisión del hombre de perseguir el pecado. El Edén, de donde fueron desterrados el hombre y la mujer, sólo regresa al alcance de la humanidad por la muerte del hijo del Hombre, hijo de la humanidad, hijo del poeta: el Cristo, el ungido. En el filme, Aranofsky lo describe de una forma excelsa cuando, para que la vida regrese al santuario del mundo, los fanáticos religiosos deben comer del bebé: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el tercer día. Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida” (Juan 6: 53-55). 

El poeta que crea sólo para su felicidad, es para el director un egoísta. Poeta, capaz de dar vida, pero sólo con la intención de que se le rinda homenaje a sí mismo a través de su creación. Así nuevamente, mediante la sátira, se dirige al dios que crea al hombre para que éste le ame, un dios egoísta para Aranofsky.

La destrucción de la casa nos recuerda lo animal que es el hombre, que lejos de crear, ha buscado destruir: calentamiento global, contaminación, guerras, racismo, desigualdad. Sólo a través del amor es que podemos volver a crear el mundo que queremos. Estas últimas semanas en la Ciudad de México, me han hecho recapacitar de la gran voluntad que tiene el pueblo mexicano de salir adelante, pese a la destrucción de los fenómenos naturales. La sociedad civil organizada ha sido capaz, no sólo de superar a las autoridades en acción colectiva, sino de poner temas en la agenda nacional, como el apoyo de los partidos a los damnificados.

Creo que Aranofsky nos hace recordar lo vil que podemos transformarnos los seres humanos, pero yo sí creo, que quien es capaz de hacer mucho daño, es capaz de hacer lo mismo en el sentido contrario. Henri Bergson hablaba a través de su ley de la doble dicotomía sobre esto, si existe destrucción de tal magnitud, debe existir creación en la misma magnitud y del sentido contrario.

La desmitificación de dios, me parece excelsa: exista o no exista, le preocupemos o no, la labor del hombre no está ligado a su existencia, creer en un dios o no hacerlo, no cambia el hecho de que el hombre debe luchar por crear de un entorno que le sea agradable a él y a sus similares. La verdad, dice Nietzsche, está más allá del bien y del mal, y recordemos “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). El hombre nunca podrá alcanzarla, debe preocuparse por lo que le toca en el aquí y ahora.



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