El mundo visto con mis ojos


"El mundo visto en tus ojos abiertos tiene un tono descubierto apenas listo en estos días de luz y sol que me deslumbran, que me iluminan y alumbran..." Fernando Delgadillo, Mis Hojas de Noviembre.

La vida está repleta de pequeños caos que nos sacan de una zona de confort peligrosa pero muy agradable. Anoche, un par de esos momentos llegaron en sincronía. Nos disponíamos a salir rápidamente de casa –mi esposa, mi hija y yo– cuando desde la sala llegó la llamada de alerta: La Gigante de los Pirineos que vive en casa había escapado y yo era el único que podía hacerla volver, así que –luego de un par de intentos– la can fugitiva volvía a paso calmado, sobornada por un trozo de salchicha. 

No había terminado de asegurar la reja del patio cuando otra llamada de alerta llegó, esta vez desde la cochera, apurándome una vez más; la emergencia que me esperaba era referente a otro animalito, uno extraño a casa que había llegado a estacionarse debajo de nuestra camioneta. 

Una serpiente de apariencia intrigante e inocente siseaba atenta a nuestros movimientos y nos mostraba su lengua viperina. Luego de pensar unos minutos cuál sería el mejor plan de acción, decidimos atraparla para más tarde intentar devolverla a su hábitat, del que nosotros mismos éramos vecinos. Una caja de plástico serviría para taparla y dejarla estacionada en el mismo sitio mientras salíamos a cumplir con nuestra agenda. Arriba de la caja una piedra y un letrero que rezaba "Cuidado, serpiente adentro". 

Cuando regresamos, unas horas más tarde, solamente revisamos que la huésped se encontrara bien y postergamos su reubicación para la mañana siguiente. Al amanecer, armado de valor y en compañía de mi esposa, nos dispusimos a completar la tarea. Un gancho de alambre, una escoba y un recogedor serían nuestras herramientas. 

El plan consistía en tratar de voltear la caja –que ahora servía de tapa–, manteniendo la serpiente adentro y después cubrirla con la tapa correspondiente para luego buscar un sitio adecuado en donde pudiéramos devolverla a la naturaleza. 

Aquello sonaba muy bien en el terreno de las ideas, pero la realidad tenía algunos obstáculos preparados antes de que el objetivo fuera logrado. Ni a mí ni a mi esposa nos encantan las serpientes. Somos más bien gente de mascotas cotidianas, como los perros, los conejos o tal vez incluso los peces, pero reptiles nada más no.

Así que, con miedo y extrema precaución, comenzamos la tarea. Luego de un par de torpes intentos entre risas nerviosas y saltos precautorios, la pequeña víbora anillada caería en la caja llevada por el recogedor para después escapar ágilmente y pedirnos que lo volviéramos a intentar. El tercer intento fue el definitivo, logramos atraparla en la caja y empujados por los nervios pudimos asegurar la tapa y conquistar el reto. 

De aquella danza carente de gracia, al menos por mi parte, me ha quedado la interrogante más obvia: ¿cómo es que con ese nivel de coordinación hemos podido vivir exitosamente 20 años de feliz matrimonio? Tal vez la respuesta estriba en que no hemos tenido que lidiar con una serpiente silvestre más que una sola vez, hasta ahora. 

Aliviados los nervios, cámara en mano, luego de celebrar nuestra pequeña victoria, salí con rumbo a una bajada de agua que está en la base de la montaña más cercana, dispuesto a liberar a la cautiva y a fotografiar el suceso, como lo hacen los profesionales de National Geographic. Un rato más tarde –y luego de buscar el lugar propicio– me dispuse a poner la caja en el piso para echar mano de mi cámara, como el vaquero que se enfrenta en un duelo echa mano de su pistola. 

La expectativa una vez más se topó con la realidad. La cámara y el lente adecuado para registrar aquel suceso estaban ahí, pero la batería no, porque estaba conectada a la corriente eléctrica recibiendo la carga necesaria para energizar la cámara en el momento necesario. 

Con frustración llevé la mano a la bolsa de mi short multicompartimentos para pasar al plan b, cuando noté que mi teléfono inteligente se había quedado en su base –dentro de la camioneta–, evidenciando una mala jugada de alguna parte más inteligente de mi subconsciente, así que sólo estábamos ahí la que sería liberada y su libertador, en medio del bosque, muy de mañana, con el aire fresco y la sensación de una humedad que nada más en esos ambientes se puede percibir. 

El suceso estaba destinado a pasar a la usanza antigua, la natural, sólo para mis ojos y para generar una experiencia y un recuerdo a través de mis sentidos, sin un lente de por medio y que únicamente podré compartir usando mi memoria para recordarlo y mi habilidad para comunicarlo con palabras, con gestos y emociones.

Abrí la caja y la pequeña serpiente salió de su celda –curiosa y ágil–, adentrándose con rapidez en la enramada verde y húmeda que le esperaba para que se sirviera de ella el resto de su vida. Un pequeño instante y ya, se había ido. Casi puedo asegurar que, encima de un tronco abatido por las termitas, había interrumpido su viaje para voltear y verme, al menos eso pareció, para luego perderse entre hojas secas y ramas. 

Creo que hacen falta más de estas experiencias, sin lentes ni aparatos de por medio, que nos recuerden que la vida está hecha de pequeños momentos de caos y otros de paz y estabilidad, pero que depende de nosotros que podamos disfrutar de ella como es, como nuestra naturaleza nos invita a hacerlo, viviendo el momento que tengamos en nuestro presente con toda la capacidad que nuestra existencia nos permita. ¡Feliz día, larga y próspera vida!

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