El paso del migrante


En caravana salieron el 25 de marzo de Tapachula, venían del Triángulo del Norte –de Honduras, de Guatemala, de El Salvador–, otros se unieron en México, porque el "problema de nuestro país está duro, es la falta de trabajo, él nos puede detener, pero van a venir otras gentes, y otras, miles de gentes, nunca va a poder detener esto", Carlos, uno de los muchos que caminan con el Viacrucis Migrante 2018.  

El muro, la obsesión de Donald Trump. Bloquear el paso para hacer paz dentro. Sueña con ella como los migrantes, pero distinto, porque él sueña paz haciendo guerra. Los muros atraen a los turistas: una foto en los trozos del muro de Berlín, una caminata con vista al Adriático desde el muro de Dubrovnik, o sentir la libertad de los girasoles en Montepulciano, como ésos que descubre Frances Mayes Bajo el sol de la Toscana (1996). Ciudades amuralladas que, al crecer, dejaron sus muros dentro como un recordatorio del miedo que sintieron alguna vez del extranjero. Muros que cuentan historias y hacen Historia.  

Regresar al pasado. Los mismos miedos. Las mismas luchas. Pero hoy la interconexión nos impulsa a atravesar fronteras para resolverlos. Somos vecinos que intercambiamos mercancías, no todas tienen un ganar-ganar para los lados; salen las drogas (porque aquí es posible su mercado) y entran las armas (porque allá es posible su mercado). El intercambio genera violencia. Problemas sociales complejos, y está también lo otro, la migración.

¿Sabrán los migrantes lo que su acción de moverse dice al mundo? ¿Sabrán que no sólo caminan por trabajo, techo y paz? ¿Sabrán que su movilidad es prueba del fracaso económico y político de sus países? ¿Serán conscientes de su denuncia contra la corrupción, la falta de libertad y de expresión, de la impotencia del ciudadano, de la improbabilidad de sobrevivir y hacer familia? ¿Sabrán que su elección de salir es un voto nulo que sabe a desesperanza?  

Los hemos visto, ¿en algún crucero?, ¿afuera de una iglesia? El padre Luis Eduardo Villarreal los miró diferente, reconoció que "una de las violencias mayores, por no decir la más cruel, hacia las personas migrantes es la criminalización de la sociedad a la que arriban". La mejor de sus bienvenidas sería ser recibidos con indiferencia, porque en una sociedad que criminaliza su movilidad, la invisibilidad promete supervivencia. 

Luis Eduardo decidió dar a los migrantes un descanso en el camino. Fundó Casa Nicolás. Pan con café por la mañana, el olor de sábanas limpias, agua de regadera para el baño, cena caliente servida en una mesa. Unos días... tres, cinco. Un recordatorio de dignidad. 

Durante el año 2017, Casa Nicolás recibió a 2,500 migrantes en su paso por la zona metropolitana de Monterrey. El domingo pasado celebramos sus primeros 10 años; celebramos una pequeña ampliación de las instalaciones para ofrecer servicio médico y enfermería, apoyo psicológico, asesoría jurídica, promoción cultural. Celebramos una mirada que inspiró la fundación de una casa para migrantes en el 2007. Nos reunimos. Voluntarios, vecinos, académicos del Tecnológico, de la UDEM, de la Facultad Libre de Derecho, asociaciones conectadas como Promoción de Paz y Casa Monarca, todos atentos al mensaje de nuestro arzobispo monseñor Rogelio Cabrera: "a una pobreza generalizada, una caridad organizada" (papa Pablo VI).

Organizados para cambiar "la hostilidad por hospitalidad", comenta el padre Villarreal. Porque $73 millones de dólares gastados (gastar, de usar el dinero, no invertir para obtener mejoras) para construir 32 kilómetros de muro en Santa Teresa, cerca del límite de Nuevo León con Texas, pretende cumplir la promesa: combatir la inmigración ilegal y el tráfico de drogas. Ese muro contará historias y hará Historia de hostilidad.

En el campo se cree que "la brecha pisada hace camino", por eso tras estas "gentes" –como dice Carlos, el migrante de La Caravana–  llegaran "otras gentes, miles de gentes". Un muro no detiene el paso del migrante.

Lucy Garza de LLaguno

Sábado 14 de abril, 2018.

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