El pulso del país


El circo electoral, con sus propuestas apresuradas, su publicidad deplorable, sus gastos desproporcionados y sus candidatos al vapor, ha dejado más inquietudes que certezas. Más allá de quien resulte triunfador, el estado en el que se encuentra nuestra sociedad es alarmante. Más alarmante es el hecho de que en el ámbito político no hay nadie, ni individuo ni partido, que tenga la capacidad de revertir el momento de gran oscuridad que actualmente atravesamos.

Por otro lado, el panorama artístico se erige en las antípodas del momento social y político que vivimos. Cada día surgen nuevos rostros en la escena artística mexicana. Cada año los realizadores nacionales llegan con nuevos premios de Cannes y de los Óscares. Aún saboreamos los triunfos de González Iñárritu, Cuarón y Del Toro. Asimismo, la música mexicana conquista nuevos espacios y genera propuestas frescas, pienso por ejemplo en el grupo Ampersan que han logrado rejuvenecer la tradición musical mexicana y cuya propuesta es notablemente apreciada tanto en Europa como en Latinoamérica, o en la magnífica Lila Downs que eleva a niveles conmovedores la música de nuestro pueblo. En el campo de las artes visuales la obra de la artista Erika Harrsch logra cimbrar a las fuerzas políticas nocivas y tiene la potencia necesaria para despertar conciencias, su obra se ha expuesto en lugares ampliamente reconocidos de Estados Unidos y es una meditación muy honda sobre la frontera, su problemática y sus posibilidades estéticas. También, el bailarín mexicano Isaac Hernández ha ganado el premio Benois, máximo galardón en el mundo de la danza. 

Los ejemplos se multiplican, las artes en nuestro país viven un momento altísimo, su empuje asombra al mundo en las plataformas internacionales. No es para menos, el arte se nutre, entre otras cosas, del dolor, de la incertidumbre, de la efervescencia social y del descontento. Éste es un buen momento para que, tanto las instituciones educativas como culturales, se replanteen el papel de las artes entre estudiantes y académicos. No es un secreto que los modelos neoliberales y en apariencia progresistas han luchado por desterrar las artes y las humanidades de los programas de estudio. El resultado ha sido desastroso.

Este recién finalizado proceso electoral nos ha dejado una profunda amargura, una desolación y un desamparo pocas veces visto en la historia de nuestro país. El nivel de las propuestas y de los candidatos fue verdaderamente lamentable; aunado a esto, la población se enfrascó en una lucha en redes sociales que fue aún más infame que el entramado político. El pulso del país revela un alto nivel de clasismo, discriminación, intolerancia, odio y malestar. No podemos seguir educando a nuestras generaciones en dinámicas tan pobres como las que acabamos de presenciar.

Si bien las artes y las humanidades no representan una salvación ni una panacea, sí ofrecen una visión lúcida de la realidad; una visión que genera conciencia y resistencia, que se revuelve y se enfrenta a la estupidez, que desenmascara a la maldad y que nos enfrenta a nuestras más grandes pasiones. El filósofo francés Gilles Deleuze le asigna a la filosofía un papel fundamental, y dice que una de sus más grandes preocupaciones es denunciar la bajeza en todas sus formas. Las elecciones nos han dejado la sensación de que el país ha sacado lo peor de sí mismo, esto refuerza la idea del filósofo alemán Safranski cuando dice que en preciso revertir la idea de hacer política como un espectáculo: necesitamos políticos discretos y artistas audaces.

Ha llegado el momento de volver a confiar en las artes como sitio de revelación de la existencia, un sitio en el que podamos descubrir nuestras inquietudes, en el que podamos hacer frente a las bajezas y a la degradación intelectual, un sitio en el que podamos cuestionar la realidad y en su caso relanzarla. Los modelos educativos poco reflexivos están generando generaciones incapaces de diagnosticar y mucho menos reflexionar sobre su tiempo histórico, es momento de poner un límite a tanta ansiedad consumista y a la locura que genera entender la universidad como un campo de trabajo y no como un sitio de exploración del conocimiento.

Al final, Borges tiene razón: /el arte debe ser como ese espejo /que nos revela nuestra propia cara. Es urgente recuperar al país, es urgente confrontarnos en el espejo del arte.


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