El recuento de los debates


Concluyó el tercer debate entre presidenciales, hubo tres formatos distintos en tres sedes que simbólicamente cubren todo el país. La primera sede en la CDMX; la segunda sede en Tijuana al norponiente, emblema de la migración y el trasiego de mercado negro; la tercera sede en la blanca Mérida, capital del sureste.

Ocuparnos del recuento de los debates y no centrar en el análisis del tercer y último debate presidencial refleja el sinsabor que dejó, lo gris de su desarrollo y el poco o nulo impacto electoral que tuvo.

Según el INE, fue el de menor audiencia: alcanzó 10.7 millones de personas mayores de 18 años. El primero alcanzó 11.4 millones de televidentes y el segundo, 12.6 millones. A estas cantidades agregue que en redes el primer debate alcanzó 4.1 millones de espectadores, el segundo 3.9 millones y el tercero del pasado martes alcanzó 4 millones de espectadores.

No son acumulativas las audiencias, no hay datos oficiales, pero seguramente el 80% o más son los mismos en los tres debates. Así que a lo sumo hablamos de 15 o 16 millones de personas que vieron los tres debates y un par de millones más que vieron uno de ellos. Pobre la acogida de los mexicanos al Super Bowl de las campañas.

Los formatos fueron distintos, la constante es que los periodistas robaron cámara, dejaron el sombrío lugar de moderador y se convirtieron en actores del proceso.

Los periodistas metidos a debatientes tenían credenciales suficientes para estar frente a los presidenciales, en esto no hay discusión. Lo lamentable es el protagonismo de algunos casos y la falta de preparación para entender que estaban en un debate y no en una entrevista de gabinete.

Los debates terminaron en entrevistas de los moderadores a los candidatos con réplicas agudas en algunos momentos. Su trabajo era sacar lo mejor de cada candidato, favorecer la discusión entre ellos y propiciar un clima en el que se contrasten las propuestas, todo quedó en periodistas con cinco minutos de fama.

Probaron que no son efectivos, ni siquiera para cautivar el morbo de las audiencias. No fueron serios, cómicos, disruptivos, contrastantes, ni de propuestas, tampoco atractivos ni dinámicos; a la vez fueron todo y nada. Para este opinador, lo rescatable es la posibilidad de réplicas libres acotadas por una bolsa de tiempo.

El tercer debate fue un panel, una mesa de discusión en la que los obuses terminaron en pirotecnia, en la que lo revelador fue el desgaste entre Meade y Anaya al necesitar posicionarse como el segundo, por lo que no dudaron en seguir la teoría de los clásicos en el debate: "pega al de arriba y pega al de al lado". 

Los candidatos de los partidos fueron groseros con Jaime Rodríguez, a quien ignoraron por completo, no le tiraron golpes ni cuestionaron sus propuestas. Lo trataron con indiferencia, no le dirigieron un solo golpe que le hiciera sentir parte de la mesa.

El tercer debate pasará a la historia sin pena ni gloria, sin merecimientos para ser recordado.

Entre los momentos memorables de los debates no está la acusación de lavado contra Canallín, tampoco el gasolinazo del que acusan a Meade, menos el simplón populismo de AMLO; lo que trasciende es: la mochada de manos propuesta por Jaime Rodríguez y el mote de Canallín con que etiquetó el peje a Ricardo Anaya.

Como rescatable del tercer debate, destaca que ninguno de los cuatro candidatos defendió a fondo la reforma educativa. A lo más que llegaron fue a utilizarla como ataques contra la amenaza de regresión si gana el tabasqueño.

Reconocieron que fue una reforma punitiva contra los maestros, que lesionó la relación de los docentes con la autoridad y con su desempeño profesional. 

En síntesis, la reforma educativa a la que el gobierno federal gastó $4,443 millones de pesos (fuente: www.animalpolitico.com) fue un fracaso educativo.

El tercer debate será recordado por ser un panel farragoso, con periodistas creyendo conducir sus espacios estelares en la cartelera de las televisoras; candidatos sin propuestas, sin golpes serios y sin verdadero espíritu de campaña, donde la síntesis es que ninguno salió de ahí sintiéndose ganador o perdedor absoluto.


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