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El secreto que dejó de serlo


El secreto a voces dejó de serlo. Durante estas últimas semanas, el comportamiento normalizado sobre el acoso o abuso sexual en el ámbito laboral ha mutado de manera incipiente a un fenómeno en el que finalmente el agresor se empieza a percibir como tal y la víctima comienza a tener credibilidad.

Las denuncias por acoso sexual al productor de Hollywood Harvey Weinstein, y la publicación de las acciones que realizó minuciosamente para callar a las decenas de víctimas, han sido el punto de partida de una conversación en la cual se están sumando voces de todo el mundo y de todas las industrias, incluido el ámbito universitario, para hablar del juego de poderes que se encuentra inmerso en los momentos cotidianos que vivimos.

Y es que hasta ahora, en este mundo, hablar en voz alta de una situación de acoso sexual, aunque tendría que ser una acción básica de sentido común, es más bien una decisión de valientes. 

#MeToo, en Estados Unidos, #YoTambién, #YaEstuvo y #AcosoEnLaU son algunos de los hashtags que están despertando la conciencia a manera de catarsis para denunciar a quienes han aprovechado su poder para ejercer acoso o abuso sexual, buscando mostrar visibilidad de una situación llena de estigmas generalmente orientados hacia la víctima.

Instalados en el esquema en el que el acosado suele ser señalado y cuestionado sobre la veracidad de su testimonio, generando una doble agresión –el acoso per se y el linchamiento colectivo–, todo este movimiento empieza a resquebrajar aquella inercia por pensar que suele ganar el más fuerte (o el más poderoso), 

brindando una nueva respuesta a la pregunta 

¿de verdad algo puede cambiar?

En un país en el que de cada 100 delitos, 94 no se denuncian porque se considera una pérdida de tiempo y hay una nula confianza hacia la autoridad –de acuerdo a la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2017–, que los afectados comiencen a mostrar públicamente lo que 

sucede le da a la vulnerabilidad un nuevo matiz.

La situación que solía ser fácilmente tolerada hoy se vuelve inaceptable; aprovechemos la oportunidad de abrir el diálogo para sacar a la luz esta realidad, y, desde nuestras trincheras, accionemos esfuerzos para contribuir en la medida de nuestras posibilidades a realizar acciones que promuevan la transparencia y un trato digno sin distinciones.

El secreto a voces dejó de serlo. Y no podría haber manera de volver a situarnos en el mismo lugar que cuando permanecía relativamente oculto. Pareciera que empezamos a dar los primeros pasos necesarios para cambiar las reglas del juego. 

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