El testimonio detrás de dar limosna


Es notoria en las calles de nuestra ciudad que existe un incremento en el número de inmigrantes centroamericanos que piden limosna. 

El fenómeno, que es palpable a simple vista, ha dejado de representar un encuentro espontáneo para los automovilistas que recorremos las principales avenidas de Monterrey diariamente, y se ha convertido en una realidad ordinaria. 

Las cifras que publicó El Horizonte la semana pasada, como resultado de investigaciones propias, revelan que aquí, en los últimos tres años, ha habido un incremento de más de 100% en el número de inmigrantes de esta categoría con respecto al 2014. Al mismo tiempo, en el 2017 bajó dramáticamente el número de personas deportadas.

En respuesta a los hallazgos de este periódico, el delegado en Nuevo León del Instituto Nacional de Migración, Luis Gerardo Islas González, aclaró que, de acuerdo con información del instituto a su cargo en el estado, el 96% de las personas detenidas son mexicanos provenientes de otras entidades como Chiapas, Hidalgo, Zacatecas y Veracruz; que se encuentran en Monterrey de paso en su camino a Estados Unidos. El delegado, además, realizó algunas declaraciones que considero ser bastante desafortunadas. Ello, puesto que juzga a las personas que mendigan en las calles de nuestra ciudad, afirmando que es gente que “prefieren abusar de los buenos samaritanos”. Además, el señor delegado agregó que muchas de estas personas son “migrantes piratas”, puesto que de esa forma reciben mejores limosnas. “En los cruceros, el ciego que pide dinero usa lentes obscuros; el sordo pide con un letrero, y el que pide como migrante trae una cobija y trae un documento que ningún automovilista tiene la pericia para calificarlo como de otra nación” –sentenció Islas González.

Como cristiano, creo en el principio que afirma que con la vara con la que uno juzga, será juzgado. Hay que tener muy duro el corazón para pensar que una persona que piensa que es buena idea pedir dinero en la calle, es en realidad un sinvergüenza y un aprovechado. Creo que más bien es al revés. Somos los que estamos del otro lado; las personas que no tenemos que pedir dinero y que en nuestro trabajo ganamos más que disfrazándonos de ciegos o migrantes –aún si fuera el caso– los que desaprovechamos, la mayoría de las veces, la oportunidad que gracias a estas personas tenemos de practicar buenas obras, de dar un testimonio de compasión y solidaridad, y compartir con alegría una fracción minúscula, que a veces hasta nos sobra, de lo que tenemos.

Como creyente, pienso que a mí me corresponderá algún día dar cuentas de lo que hice con el dinero y los bienes que recibí, y también creo que a los que piden limosna corresponderá dar cuenta de lo que hicieron con lo que obtuvieron gracias a la generosidad de otros. Ayudando estoy cumpliendo con mi parte. Aunque no tengo la “pericia” que exige el delegado a los automovilistas, para poder corroborar la autenticidad y la procedencia de los documentos que exhiben a veces los migrantes en las calles, prefiero hacer un voto de confianza que me cuesta entre $5 y $15 pesos, que alimentar mi propia frialdad, mi egoísmo, mi apatía y una escrupulosidad de conciencia que francamente me parece malsana.

No existe aquella cuestión del “buen samaritano abusado”, al menos no en el contexto de limosnas de carro a peatón. Y en todo caso, prefiero que abusen de mi insignificante ayuda a correr el riesgo de abusar yo mismo de tratar con dureza a quien en verdad lo necesita. Vivimos en un país en el que existen muchas carencias. Los salarios son bajos, las oportunidades de estudio no son suficientes y la pobreza de formación produce pobreza de todos tipos en muchas más familias de las que nos imaginamos. Los ingresos promedios, aún entre profesionistas, son insuficientes para el estilo de vida al que muchos aspiramos. Si alguien piensa que engañar a la gente, haciéndose pasar por ciego o migrante es una actividad redituable, sin duda esa persona tiene necesidad. No tener esa necesidad sería, como en mi caso particular, pensar que antes que dejar la oficina para ponerme a pedir limosna, tendría que padecer de locura.

Dar limosna es importante para que la sociedad funcione de forma sostenible. Hay que recordar que esta es un sistema de organización que se basa sobre la ayuda mutua y recíproca de sus integrantes. La solidaridad es la piedra angular de la sociedad. La justificación de agruparnos en comunidades radica en la necesidad de apoyarnos los unos a los otros; porque nadie puede por sí mismo dedicarse a producir todo lo que requiere. Ese sistema social tiene externalidades: gente que no se adapta; personas desfavorecidas en el intercambio recíproco comunitario, e individuos que viven vidas atropelladas por eventos desafortunados. Esas personas requieren de nuestra solidaridad directa para salir adelante. Dar limosna es hacer justicia social. Prefiero que abusen de mí en el intento de perseguir ese anhelo a seguir viviendo en una comunidad de personas indiferentes.

roberto.mtz05@gmail.com

Twitter: @Roberto_MtzH



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