En busca del conocimiento


“Constantemente veo que las personas que tienen éxito en la vida no son las más inteligentes, a veces ni siquiera las más diligentes, sino las que son adictas al aprendizaje; se van a la cama todas las noches un poco más sabios de lo que eran cuando se levantaron”, Charlie Munguer.

• En esta era digital nos preguntamos si el libro sigue siendo el vehículo por excelencia para aprender de una manera consistente y permanente. El paradigma es significativo, si consideramos que la invención de la imprenta fue uno de los grandes saltos cuánticos de la humanidad, al democratizarse la difusión de la palabra escrita. ¿Debemos equiparar al Internet con este gran invento?

• Hace tres años el Inegi incorporó un esquema para generar información estadística sobre el comportamiento del lector mexicano, encuesta que se levanta una vez al año. Los resultados del 2018 son aterradores: el 55% los mexicanos mayores de 18 años y que residen en áreas urbanas de más de 100,000 habitantes, reportó no haber leído un solo libro completo durante un año. ¿Buscan el conocimiento en medios electrónicos? No necesariamente, porque el 84% manifiesta que prefiere el libro impreso y tan sólo un 10.7% utiliza ocasionalmente formatos digitales.  

•La lectura, como muchas otras ocupaciones, proporciona una serie de beneficios: puedes fijarte metas, te entretienes, aprovechas el tiempo de ocio, te induce a concentrarte; pero leer además te mantiene informado, aprendes cosas nuevas, ejercitas la mente, te conserva lúcido, te ayuda a hablar y escribir con fluidez. Sin embargo, tal vez él vehículo no es el libro, sino las competencias que fortaleces y desarrollas con el hábito de la lectura; eso es, el aprendizaje formal e incidental del lector asiduo. 

• Nuestros resultados empíricos derivados de iniciativas de autoaprendizaje en empresas regiomontanas indican que la búsqueda efectiva del conocimiento –y las habilidades procedentes– demanda instalar dos hábitos fundamentales: la capacidad de planificar eventos formales de aprendizaje, así como la habilidad para identificar e interiorizar los acontecimientos de aprendizaje incidental durante las actividades cotidianas personales, familiares, recreativas y laborales. 

• La primera la instrumentamos utilizando una agenda de autoaprendizaje, esto es, construyendo un plan para aprender por cuenta propia, codificando para qué, cuándo y a través de quién aprender. Aplicándolo al ejercicio de leer, significa establecer en primera instancia para que requiero determinado conocimiento, para luego determinar el proceso de adquirirlo, es este caso, a través de la lectura. El segundo hábito lo logramos con una bitácora de aprendizaje en donde registramos cotidianamente, en esta misma línea, lo que aprendimos al leer algo. 

• Parafraseando las reflexiones de Jorge Luis Borges, de las diversas actividades inventadas por el hombre, la más asombrosa es el hábito de leer, porque resulta en una ampliación del conocimiento, la imaginación y la creatividad.

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