En defensa del individuo


Un candidato a Presidente de nuestro país, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha propuesto, con una tranquilidad que hiela la sangre, que el castigo indicado para servidores públicos que hagan mal uso de los bienes de la nación debería ser la mutilación. "Mocharles la mano", según su léxico arrebatado. 

La defensa al individuo y a su carácter de persona, es una de las ideas que la civilización occidental ha estudiado con mayor profundidad a lo largo de la historia, algo que parece haber olvidado el candidato que propone semejante castigo. Cuando la defensa del individuo es desestimada por quienes pretenden gobernarnos, entonces podemos diagnosticar que Occidente está al borde del colapso.

Según la tradición filosófica occidental, el individuo debe darse límites y contornos, dichos límites representan la cuota de libertad propia de cada quien, que ni siquiera el mismo Estado puede traspasar. En este contexto, esa libertad y ese derecho se expresan en la defensa del cuerpo, que no puede ser afectado en su integridad, ya que esto sería tan grave como negar o cancelar el derecho que todos tenemos a ser persona.

La historia de Occidente está íntimamente ligada a la defensa del cuerpo. Para los pensadores cristianos de la antigüedad, por ejemplo, el problema de la persona es fundamental para la salud de la sociedad, y, para salvaguardar su integridad, explican que todos somos parte de una comunidad ideal al participar de la unión mística con Dios, de tal manera que el cuerpo es un lugar sagrado e irreductible. Esta idea, ya secularizada, aparece en el Artículo 22 de nuestra constitución, que propone de manera categórica y lúcida la prohibición a castigos corporales, mutilaciones o cualquier especie de tortura. Esta defensa dota al individuo de una dignidad única que constituye una de las grandes conquistas de nuestra civilización, ignorar o desdeñar al individuo y amenazarlo en su integridad física es un paso más hacia la muerte de nuestra cultura. Aprobar esta iniciativa sería tanto como aceptar que algunos ciudadanos son personas y otros no, y cuando es el mismo Estado quien decide tal cosa, entonces podemos esperar nuevos holocaustos, nuevas limpiezas étnicas o nuevas purgas políticas, como en los peores tiempos de las dictaduras o, peor  aún, caer en la locura sádica de gobernantes desquiciados como el filipino Duterte.

El individuo es uno de los últimos reductos de lo sagrado; protegerlo es proteger a toda una civilización.  El poeta inglés John Donne lo expresa de manera brillante en su poema "¿Por quién doblan las campanas?: "Ningún hombre es una isla por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo... la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, no preguntes por quién doblan las campanas; las campanas doblan por ti".

Afortunadamente, la lucha por la dignidad de la persona está al alcance de la mano. Si bien, este tipo de propuestas, tan poco meditadas y con altas dosis de populismo, amenazan con lastimar gravemente los centros vitales de nuestra cultura; también es cierto que la sociedad civil sabrá defenderse desde el conocimiento, desde el valor y sobre todo, desde la defensa de apasionada del individuo.

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