En defensa propia


Nuestro comportamiento hacia los demás está relacionado con el contexto social. Sí, el ambiente afecta la forma en que procesamos la información que nos rodea.

"Los ciudadanos de Nuevo León cada vez más recurren a sus propios métodos para evitar ser víctimas de la delincuencia", reporta El Horizonte. Han decidido armarse con gases lacrimógenos camuflados en lipsticks o tasers para dar toques; aprender karate y taekwondo, o simplemente, lanzarse contra el criminal en defensa propia. 

Algunas decisiones son reversibles; otras, irreversibles. Jeff Bezos, fundador y director ejecutivo de Amazon, las explica como si fueran puertas, pasar por una giratoria permite echar un vistazo a lo que hay adentro, quedarse o regresar; pero están las otras, las puertas que al cruzarse no tienen retorno, pasar por ellas lleva a otros caminos. 

En el momento en que el dueño de una carnicería somete al asaltante a mano armada que trata de robarle, como sucedió en San Bernabé o que un chofer de tráiler persigue a quienes le quitaron sus pertenencias, se activa la parte más antigua del cerebro –la que procesa los instintos básicos. No piensa, no siente, no calcula, actúa. Es un impulso emocional con la fuerza poderosa del instinto que lucha por sobrevivir. Ahí, en el tronco cerebral se guarda el miedo (huir o pelear) desde hace 500 millones de años. 

Pero antes de ese momento, el cerebro más nuevo, la neocorteza, ha aprendido de la vida, y usa las lecciones para resolver sus problemas. Procesa información, analiza y genera respuestas, almacena lo aprendido en los cajones de la memoria. Guarda, no olvida. En el contexto de nuestro México, la inseguridad ha guardado un sentir de desprotección que no acaba de resolverse. Y poco a poco se va tejiendo en el intercambio social de los distintos grupos, no sólo en un momento de enfrentamiento con el crimen, también en la convivencia de las familias, la escuela, la iglesia, las asociaciones, esto es, el sentimiento se "teje" en el tejido social. 

La ley en las manos. Hace un año se aprobó la iniciativa de la reforma al artículo 17 del Código Penal del Estado de Nuevo León para ampliar el criterio de quienes actúen en defensa de su persona, su familia, sus bienes o su honor ante un peligro inminente. "Estamos en la era de la violencia", observa Richard Bernstein, "nos hundimos en un caldo de imágenes violentas, unas reales, otras ficticias". 

Porque no basta la realidad de los desaparecidos o los robos, tenemos a los "Avengers", la producción número 19 de la serie de superhéroes de Marvel en su guerra infinita para salvar el caos del universo. Los superhéroes hacen equipo para enfrentar a Thanos que amenaza con destruir a la mitad de la humanidad. Los villanos y los héroes, unos luchando por el bien, los otros por el mal, ambos coinciden en la violencia. 

¿Habrá otra forma de solucionar miedos e inseguridades, injusticias o simples desacuerdos? Está el cerebro nuevo que puede utilizar un corazón que piensa y una mente que siente. Para Bernstein, el filósofo estadounidense, este ambiente saturado de violencia hace imposible corregir la violencia que la violencia (¿buena?) trata de corregir. Un trabalenguas tan enredado como su realidad. Y es que el arma, una pistola, una navaja, habla su propio lenguaje, un lenguaje de fuerza y amenaza. Un lenguaje peligroso para quien no está capacitado para utilizarlo.

Diferentes culturas impulsan diferentes reacciones. Si un asesinato tiene 450 más posibilidades en Honduras que en Singapur (Robert Salposky, 2018), la experiencia de crecer en un país o en el otro, impacta en el comportamiento.

Hacer justicia con las propias manos, una decisión con la que podríamos entrar a la violencia y salir de ella por la puerta giratoria, pero tal vez, tal vez... la entrada tenga una puerta sin salida.

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