En el principio sabía muy poco, hoy también


Decir algo así como “todos”, “siempre”, “nadie” o “nunca” resulta por lo menos superficial en el uso del lenguaje, aunque con gran contenido subjetivo y algo seguramente descriptivo, según su origen en el castellano de uso promedio, así que nunca escribiría nada que a todos les competiera y que a nadie le hiciera mella, ni creo que todo tiempo pasado fue mejor, aunque la añoranza sea pretexto para el regocijo gratuito en momentos aciagos del presente tirano. Lo cierto es que muy pocos empezamos sabiendo lo necesario y seguramente muchos seguimos más o menos igual que al principio, acaso haciendo alarde de los años que no pasan, pero que se quedan todos en algún lugar de la mente, del espíritu y del corazón.

Recuerdo que al inicio de mi carrera laboral, siendo todavía adolescente, no totalmente imberbe, pero sí quinceañero pueril, comencé a aprender todo lo que en la academia no enseñan, a experimentar la vida, también la laboral, en carne propia. Había tanto que los demás tenían que enseñarme tan sólo con verles comportarse en una u otra circunstancia que aquello se convertía en un trabajo en sí mismo (y de tiempo completo).

Trabajé durante  algunos veranos en distintos lugares en donde un muchacho de mi edad y de carácter principiante podía hacerlo, en donde hiciera menos daño y tuviera alguien con paciencia para enseñar hasta cómo sujetar una herramienta o en dónde depositar el producto terminado de forma correcta. Fui aprendiz de almacenista con un experto que parecía sacado de una película de luchadores en la que las momias y los vampiros alternaban para derrotar a los enmascarados de plata y de azul; también trabajé como ayudante general de una planta de productos refresqueros; un verano incluso trabajé para una compañía cervecera hoy parte del consorcio internacional de origen holandés, como “detector de oportunidades de venta” y recorrí las calles de la Ciudad de México y sus delegaciones circunvecinas, además de aprender a montar un camión repartidor en movimiento y viajar como bandera colgado en la parte de atrás.

Luego vino la etapa de estudiar carrera y hacer prácticas profesionales en sitios más complejos y en empleos de un nivel administrativo que tal vez permitían aplicar un poco más de lo aprendido en las aulas, pero más bien seguir aprendiendo a “trabajar” con lo que esto implica en el concepto que deseo transmitir. Si bien aprendía técnicas, desarrollaba habilidades y capacidades, también aprendía a tener constancia, a ser disciplinado, a darlo todo a pesar de sentirme como me sintiera, a comer fuera de la casa y hacerlo en el tiempo límite estipulado para regresar a trabajar con toda la energía, a recibir retroalimentación bien o mal dada por alguien que me cayera bien o mal y a saber aplicarla en mi trabajo como algo útil y de crecimiento, aprendí a comunicarme, a resolver conflictos, a hacer equipo,  a sufrir injusticias, a recibir dinero y saber cómo usarlo, a decir sí y a decir no y por qué no, a escribir reportes, a retroalimentar a otros, a redactar correos, memorándum y cartas de trabajo, a cobrar, a pagar, a entender cómo funciona una empresa, a atender a clientes, a proveedores, a hacer tratos, a comprometerme, a cumplir, a afrontar los errores y las fallas y muchas más cosas.

• Recuerdo que tenía muy claro que, a pesar de tener un título, sabía que sabía muy poco y estaba dispuesto a continuar en aquel primer empleo como una extensión de mi preparación, que nunca termina, pero que al inicio estaba muy cuesta arriba todavía y, aunque tenía ya mucho que ofrecer a cambio, aquella primera empresa me pagaría un sueldo en efectivo, pero otra parte en conocimientos y así lo atesoraba. Y como yo, muchos más teníamos esa noción del ser principiante y estábamos dispuestos a transitar con dificultad y paciencia por esa etapa fundamental.

• Hoy tengo el privilegio de coincidir con jóvenes estudiantes de últimos semestres o recién egresados que, en buena parte de las ocasiones, comparten de alguna forma este concepto en su amanecer profesional, pero también quienes en mi opinión han confundido el entrenamiento generacional de la hiperautoestima con la contribución que, por su etapa, pueden hacer a la empresa y que perciben su remuneración económica como insuficiente.

• Estos jóvenes talentos, exitosos profesionistas en potencia, verán algunas complicaciones para ingresar al mundo laboral, pero lo harán con éxito.

• Creo que el mejor tiempo es el presente y veo grandes talentos con herramientas inmejorables para colaborar, crear y desempeñarse en el mundo de forma exitosa, habrá que estar ahí para ellos, como aquellos que estuvieron con nosotros al inicio, para servirles de guía en sus caminos.

• La capacidad de aprender es una que debemos conservar como parte de nuestra forma de vivir cada instante, no importa la etapa, hay mucho más qué saber, que todo lo que podamos aprender en el tiempo y con la capacidad limitada que tenemos.


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