Error de dedo


Muy sabia fue la naturaleza cuando nos equipó con esos apéndices articulados a los que llamamos dedos. Innumerables ventajas obtenemos de sus servicios y por eso tienen bien merecido que les dediquemos algunas letras.

Desde pequeños, somos instruidos para reconocer la personalidad que caracteriza a cada uno: Empezamos con el dedito al que primero nos presentan como “niño chiquito” y que, con el paso de los años, como que ya nos da pena decirle así y entonces usamos el sobrio nombre de “meñique”, sin saber que esta voz viene del portugués “menino” que justo significa lo mismo… “niño chiquito”. Quizás algunos, sabiendo esto, prefieren llamarlo “dedo auricular” que suena más elegante; aunque luego sabemos que el nombre viene de “aurícula”, que en latín significa “oreja” y es que, por sus dimensiones, es el dedo apropiado para limpiarnos o rascarnos las orejas, ¡vaya!, después de todo para algo sirve el pequeñín.

Luego, como historia sacada de un cuento, nos dicen que hay un dedo destinado a portar los anillos, así que sin respingar lo aceptamos como “señor del anillo”; pero al pasar los años, este dedo pierde la categoría de “señor” y pasa a ser simplemente el “dedo anular”, o sea, “dedo del anillo”, el mismo concepto pero dicho sin tanta magia.

Se despierta nuestra curiosidad cuando nos hablan del más intrigante de los cinco, el “tonto y loco”, el que ocupa la posición central. Al parecer ganó este mote por la idea de que es un dedo inútil. Nada más falso porque, entre otras cosas, desde tiempos ancestrales es imprescindible para hacer señas obscenas a distancia, acto en el que no hay cordialidad y por eso intriga que se le llame también “dedo cordial”, es decir, “dedo del corazón”.

Del que sigue, nos resulta muy familiar cuando nos lo presentan como el “lame cazuelas”, porque para entonces ya lo hemos visto en acción muchas veces tomando muestras de betún en los pasteles o raspando el fondo de las cazuelas. Aunque esta función no la pierde nunca, con el tiempo damos peso a su utilidad para “indicar” y entonces lo llamamos “dedo índice”. Algunos desarrollan una gran habilidad para combinar ambas funciones: entran a la cocina, extienden el brazo y con el dedo índice apuntando a ningún lado exclaman “¡Ya vieron!”, aprovechando los instantes en que las desconcertadas cocineras buscan lo que no hay, de súbito el dedo se pone en modo “lame cazuelas” y, de una de ellas, extrae la muestra que furtivamente va a parar a la boca del susodicho. 

Cierra la cuenta el especialista en despanzurrar insectos, en especial a los que habitan cerca de nuestros pensamientos, por eso lo llamaron “mata los piojos”. Por chaparrón y regordete también se le conoce como “dedo gordo”; además “dedo pulgar” y no porque mate pulgas, el nombre le viene del latín “pollex” que encierra el concepto de “poderoso”, quizá por su superior movilidad o tal vez por ser el dedo con el que los emperadores romanos decidían entre la vida y la muerte de los gladiadores.

En latín, los dedos eran “digitus” y de ahí derivó “dedos”, que además desde antiguo han sido nuestra primera calculadora, por eso a los guarismos los llamamos dígitos. ¡Vaya!, así que la original “Era digital” fue cuando empezamos a contar con los dedos.

No cabe duda, la naturaleza fue muy sabia al dotarnos de dedos. Nos sirven para tantas cosas, hasta nos dan una salida decorosa cuando erramos al escribir, porque siempre podemos excusarnos diciendo… fue un error de dedo.


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