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Fake news y fact checking


El término “fake news”, popularizado durante la campaña presidencial de Estados Unidos en el año 2016 por Donald Trump, ha adquirido relevancia global.

La prensa internacional lo utiliza en sus titulares de noticias y los escritores políticos de todo tipo de ideologías lo han agregado a su catálogo de conceptos. La opinión pública mastica el término a conveniencia en un proceso de maduración sobre la forma en que valoramos la información obtenida en redes sociales. Nuestros representantes hacen de él un escudo para rebatir las descalificaciones de sus contrarios. Que hayamos acuñado el término refleja la necesidad de explicar un fenómeno que ocurre en las sociedades modernas: la verdad se ha denostado. La democracia tiene el reto de proponer opciones de desarrollo informando equitativamente sobre cada una de ellas para que haya una decisión libre en el voto del electorado. Sin embargo, hay quienes prefieren confundir para hacer prevalecer sus intereses, antes que adentrarse al arduo camino de convencer, generando ideas con valor propio.

La semana pasada, el papa Francisco comparó a las noticias falsas con la serpiente del Jardín del Edén que sedujo a Adán y Eva. El Pontífice declaró que las primeras fake news se narran en el libro del Génesis y urgió a la comunidad a estar alerta para desenmascarar estas tácticas. “No existe tal cosa como una desinformación inofensiva; si no que, por el contrario, confiar en la falsedad puede tener consecuencias devastadoras”. Por otra parte, también recientemente, en una declaración formulada en tono un tanto menos apostólico, Enrique Peña Nieto declaró que las redes sociales “a veces son muy irritantes”. Nuestro presidente –considero que con justa razón– criticó que se olviden los análisis técnicos, las estadísticas y cifras sobre nuestro país y que, por el contrario, se le formulen señalamientos “muy duros y muy lapidarios”. Si esa insatisfacción está justificada o no, no es materia de análisis de este artículo. Sin embargo, es de hacer notar que existe la posibilidad de que se haya acentuado un odio visceral entre la población hacia el Presidente por un manejo desbalanceado de la información entre los medios de comunicación. Los escándalos siempre llegan a las primeras planas y los logros no siempre llegan a los periódicos. No comparto muchas prácticas que lleva a cabo el gobierno federal, pero tampoco creo que solamente avanzamos de infortunios a desaciertos.

El 15 de enero de este año, Facebook realizó un anuncio que tuvo un impacto negativo en la cotización de sus acciones en la bolsa de Estados Unidos. Zuckerberg decidió modificar los algoritmos que catalogan la información en dicha plataforma para privilegiar más contenido personal en lugar de noticias y de negocios. La Revista Forbes pronostica que estos cambios potencializarán aún más el alcance de los influencers. Facebook intenta corregir el alto nivel de interacción que hay con noticias e información falsa, arriesgándose a que sus usuarios pasen menos tiempo en la plataforma, pero interactuando más con sus familiares y amigos. En la Unión Europea y en algunos países europeos, se han establecido oficinas de gobierno para combatir contra las fake news. También Matteo Renzi, el ex primer ministro italiano, ha presionado a Facebook para monitorear su plataforma y evitar la difusión de información falsa. Recuerdo haber leído esta semana una noticia que no pude rastrear para citar adecuadamente en este artículo, en la que el presidente de una asociación de noticias internacional propuso que en las redes sociales existiera una certificación para los usuarios que manejan las agencias de prensa. La idea es que Facebook y Twitter avalen las cuentas de los periodistas con una distinción para que la gente sepa que el contenido que ellos difunden es serio y profesional.

Creo que esta última propuesta es sensata. Respecto a la difusión de la información, me parece que existen dos pilares fundamentales que deben de respetarse en cualquier democracia. El primero, que se debe de respetar la expresión libre (los límites de esa libertad están en la Constitución). El segundo, que se necesita que la sociedad esté objetivamente informada de los acontecimientos públicos. Los fake news no tienen que ver con el debate de si existe o no una verdad en términos morales y filosóficos. Tienen que ver con un recuento erróneo de acontecimientos recientes. En cuanto al relato de eventos históricos, la existencia de la verdad no está ni siquiera sujeta a debate. Hay algo que pasó y algo que no. Las investigaciones periodísticas tienen la misión de formular un recuento de los hechos apegado a la realidad. Las noticias falsas, en cambio, tienen el objetivo de generar una opinión o sentimiento en específico exagerando o distorsionando la realidad. En los canales de suministro de información que existen en la actualidad, se requiere que el administrador o servidor del canal –en un esfuerzo cuidadoso no de censura, sino de selección– distinga o certifique la fiabilidad de las fuentes que lo producen. Creo que la solución más adecuada es que en la red coexistan los fake news, que son muchas veces expresiones libres de los ciudadanos, con un proceso de fact checking.


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