Gases tóxicos subestimados


Está claro que los altos niveles de la contaminación en el área metropolitana no están asociados sólo a los carros, sino también a cuestiones que las autoridades llevan años sin resolver: las pedreras y la refinería de Pemex en Cadereyta.

Lo peor de todo es que el gobierno estatal reconoce estos dos focos contaminantes, al menos mediáticamente, pero no actúa. Es más, no sabe –o no quiere saber– qué tanto afectan estas empresas a la población. Las enfermedades respiratorias han llegado a picos históricos en la zona metropolitana en los últimos tres años.

Además, la administración estatal no cuenta con estudios contundentes y muchos menos con estrategias creíbles.

Para empezar, porque ni siquiera tienen equipos avanzados de medición para enterarse dónde estamos parados en cuanto a calidad de medio ambiente.

Ninguna de las 10 estaciones de monitoreo en la región opera al 100% y su precisión, cuando menos, alcanza al 60 por ciento. Una vergüenza, al tratarse de la mancha urbana más contaminada del país.

Sin embargo, de lo único que nos quieren convencer a los regiomontanos es que el principal culpable de las partículas contaminantes son los carros, y por lo tanto se promociona la verificación vehicular como madre de todas las soluciones, cuando mundialmente está reconocido como un fraude.

Pero así estamos y así vamos. Con enemigos ambientales que hacen estragos en la salud de la ciudadanía. No se habla de planes maestros, que es lo que realmente se necesita. A las pedreras se les subestima; a las industrias y a la refinería de Pemex, también.

A propósito, una investigación documentada de El Horizonte en estos días evidenció sobre cómo los gases tóxicos que emite la planta de Petróleos Mexicanos son los más peligrosos de todos por los altos niveles de azufre y nitrógeno.

Juárez y Guadalupe –los municipios más cercanos a Cadereyta –registran índices contaminantes superiores incluso a los que se pueden medir en el centro de Monterrey por la combustión vehicular, o a las pedreras en la zona de Santa Catarina, García o Escobedo.

Lo preocupante es la falta de agallas de las autoridades para ponerle un freno a estas irresponsabilidades. Y la perversidad también de quienes conocen cómo está el ajo y no proceden, lo que es peor.

En noviembre pasado, el gobernador Jaime Rodríguez se comprometió a “poner orden” en la refinería de Cadereyta porque no se podía permitir, dijo, que Pemex siguiera contaminando la región.

“Es un asunto de salud pública y convivencia, más que de normas”, expresó Rodríguez. Pero todo, como ocurrió con las pedreras, quedó en palabras.

La refinería –que tiene más de 40 años de antigüedad y que siempre ha sido señalada por desfogar al aire desechos contaminantes como óxido de nitrógeno y dióxido de azufre, y por los escurrimientos tóxicos que arroja al río San Juan– difícilmente cambiará de parecer, porque sus mediciones son otras, aunque se desconocen.

Pemex, sin demostrar supuestos estudios técnicos exigidos por los habitantes de Cadereyta, ya había anunciado en 2015 que las actividades de la citada refinería están reguladas por la normatividad mexicana en materia ambiental y que los análisis “no arrojan anomalías”, como la emisión de azufre, entre otros componentes.

Creemos que no es cuestión de discutir si Pemex contamina o no al grado que sospechan las autoridades que, definitivamente, no tienen la dimensión del trastorno, lo que supone ser el primer grave error.

El problema, en todo caso, va más allá de las normas, tal y como dijo el gobernador, pero no se ve que su gobierno haya hecho algo en concreto para operar en favor de los ciudadanos.

Entendemos que si nuestras autoridades no encuentran una solución inteligente para acabar con las raíces de la contaminación, como nuevoleoneses estamos fritos.

La demagogia, señores, no arregla las cosas, más bien las complica. Es un hecho que a los políticos, incapaces de desarrollar planes más amplios y efectivos, se les hace más fácil castigar a los automovilistas que enfrentar a las pedreras o a una refinería. Al fin y al cabo, se les hace más cómodo ganar dinero sin trabajar.