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El mal entró a aquella casa a las 02:00 de la madrugada. Acostumbrados sus ojos a la oscuridad y conociendo palmo a palmo donde vivían, no encendía luz alguna para no despertar a su esposa, cada vez que se levantaba por las noches.

Nunca le había tenido miedo a las penumbras, ni de niño, ni siquiera después de aventarse una que otra película de terror antes de dormir. Se levantaba como si nada en la madrugada, deslizaba su brazo por la puerta entreabierta que conducía de su habitación a una pequeña sala de estar, y hasta que la cerraba por fuera, encendía la luz.

Sin embargo, aquella noche, desde que se apeó de la cama, sintió correr un sudor frío por su espalda y  percibió cómo se le erizaban los vellos de sus brazos. Tuvo, por ello, el impulso de encender la lamparita de su buró, pero no lo hizo y enfiló sus pasos por la ruta tantas veces recorrida hacia el exterior de la recámara.

Como siempre lo hacía, en medio de la oscuridad deslizó su brazo por la puerta semi-abierta y cuando buscaba a tientas el interruptor para encender la luz, estando ya en la sala exterior, una mano helada aprisionó con fuerza la suya.

Les platico: vivían en una colonia de esas que tienen bardeado su perímetro, con cámaras de seguridad conectadas –por oficiosa iniciativa de las autoridades– al C4, que supuestamente coordinaba las labores de seguridad del otrora municipio modelo de México.

Se habían opuesto a que lo que veían esas cámaras fuera visto también por policías municipales, por más alharaca que hicieran el alcalde y sus secuaces de ser los mejor pagados y capacitados del país.

No confiaba en ellos por experiencias propias y estaba convencido de que meter los ojos del mentado C4 a la colonia era como poner la iglesia en manos de Lutero.

Sin embargo, los de la mesa directiva habían aceptado conectar las cámaras y, ni modo, el riesgo ahí estaba, lo cual obligaba a que cada vecino tomara sus propias precauciones.

Había guardias de una empresa de seguridad privada, apostados en una garita que tenía como función regular las entradas y salidas de cuanto vehículo y persona pasaban por ahí. El personal asignado a esas tareas nunca se aprendía los nombres de los vecinos, porque la rotación era tal que rara vez veían a los mismos durante dos meses seguidos.

Como eran vacaciones, policías municipales habían estado ahí para saber qué residentes saldrían de la ciudad y –según ellos– reforzar la vigilancia de las casas que estarían sin gente.

Cuando llegaron a su casa él no estaba y su esposa –distraída mientras hablaba por teléfono– les dijo que ellos saldrían de tal a tal fecha. Ella le restó importancia al incidente y no lo comentó con su marido.

Por un imprevisto, retrasaron su salida una semana, y justo al segundo día en que la casa estaría vacía, ocurrió lo que les cuento al principio.

Después de sujetarlo, fue encañonado y le pidió que entraran a la recámara. Su esposa fue sometida con un solo movimiento del malhechor.

Utilizando un celular y palabras con claves que sonaban a las de los policías, a los pocos minutos un segundo intruso apareció, y equipados con cuatro maletas de viaje de las grandes –con rodillos y toda la cosa– comenzaron a meter cuanto objeto valioso a su juicio encontraron en el camino, incluyendo la infaltable caja fuerte tan común en esos sectores, mientras eran guiados forzosamente por el matrimonio.

Nunca ocultaron sus rostros. No se vio que usaran guantes y el vehículo al que los subieron, así, en pijamas, traía placas bien visibles.

La pluma de la entrada a la colonia que se abrió para franquearles la entrada, igual lo hizo para dejarles salir, por más señas que el matrimonio hacía a los "guardias de seguridad".

De ahí, les llevaron al primer cajero que encontraron en el camino. Apuntando uno de los maleantes a la cabeza de su mujer con una pistola, el hombre de 75 años tuvo que sacar el efectivo máximo permitido. 

Luego, él fue el encañonado mientras su esposa hacía lo propio en otro banco. La pareja fue bajada del auto a dos cuadras de su casa. En todo el recorrido, y a pesar de que las cámaras de la colonia, de los bancos y de muchas calles estaban conectadas al C4, ninguna patrulla del municipio o del estado se les apareció.

Llegaron –eso sí– cuando los delincuentes ya habrían salido del municipio y comenzó la lluvia de preguntas y el apantallaje de policías armados hasta los dientes, bloqueando con cintas amarillas la casa del matrimonio. 

De una patrulla bajó un oficial, que en tono amable preguntó a la pareja todo aquello que recordaran del suceso.

El interrogatorio comenzó en plena calle y la mujer invitó al policía a pasar a la casa para darle todos los detalles y ponerse sus anteojos porque, con las prisas, había salido sin ellos. No supo ni cómo tecleó en el cajero la clave correcta.

Entonces, contuvo su asombro cuando a la luz,  se dio cuenta de que toda la información del incidente, se la estaba dando al mismo policía que días antes había tocado a su puerta para ofrecerles reforzar la vigilancia de las casas en vacaciones. ¿Este es el gobierno de primera que presumen las autoridades? Yo creo que más bien es un gobierno de-primente.

CAJÓN DE SASTRE

1.- Las huellas dactilares y los retratos hablados sirvieron para identificar a los malhechores, que a pesar de ello, un mes después no han sido procesados, siendo que uno tuvo la desfachatez de usar un vehículo registrado como suyo. El abogado de oficio los sacó con una fianza ridícula.

2.- Los guardias de la colonia fueron relevados por otros igual de improvisados, ineptos o coludidos, de la misma empresa de seguridad, sin que siquiera se presentaran cargos en contra de quienes permitieron la acción de los delincuentes.

3.- El C4 del municipio confiscó las grabaciones de las cámaras y nunca fueron aportadas como prueba de los hechos.

4.- El matrimonio lleva un mes investigando por su propia cuenta. "¿Para qué?", les pregunta mordaz e irónicamente una de sus hijas.

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