¿Hagamos leña del Metro caído?


Esta semana ha sido prodiga en descalificaciones y señalamientos en relación con la “responsabilidad” de Metrorrey en los incidentes ampliamente publicitados. Una chica que viaja de “mosca”, una persona que cae a las vías (lamentablemente) pierde una pierna y otras acciones temerarias por parte de algunos usuarios, todos ciertos e irrefutables. Pero, ¿eso demuestra que el sistema Metro es inseguro? ¿Eso demuestra que hay negligencia o indolencia, permítanme el siguiente calificativo, “culposa”? 

Si eso fuera así tendríamos que condenar a Metrorrey y a sus directivos, pero también tendríamos que enviar a las Islas Marías, a Guantanamo o a la Isla del Diablo (sí, la de Papillón) a los responsables (irresponsables, si estamos en lo correcto con este enfoque) de los otros sistemas de transporte en Monterrey. 

Me explico. ¿De qué acusamos a Metrorrey? ¿De que hay usuarios que cometen actos imprudentes? ¿De que puede haber personas que brincan a las vías del tren para que les tomen una foto? Si la respuesta es afirmativa entonces tendríamos que “acusar y condenar” a todas las autoridades involucradas en el transporte del Área Metropolitana de Monterrey, de todos niveles y de todos los colores, pues incidentes de este tipo y otros más graves se registran todos los días al por mayor.

¿Qué pasa si el tema lo enfocamos sobre los saldos reales, o lo más cercano posible, y no sobre las acciones imprudentes de los usuarios? 

Ahí el tema cambia. De entrada, tendríamos que “condenar” los alcaldes por los 75,034 accidentes registrados en el Área Metropolitana, 165 muertos y 9,497 heridos (saldos publicados por Inegi 2014, lo que no incluye subregistro). También tendríamos que acusar y condenar a las autoridades del transporte público por los 2,283 accidentes registrados en 2006, con 1,034 heridos y nueve muertos (último año que se publicó la estadística). 

¿Y Metrorrey? Metrorrey tampoco publica información sobre accidentes, pero sabemos algunas cosas: i) En 26 años no ha registrado muertes, en cinco años hay 16 notas de prensa relacionadas con la seguridad del Sistema, en septiembre de 2015 se registró un accidente por la falla de un intercambiador de vías cerca de la estación Talleres y el último año registraron 1,158 incidentes (caídas en escaleras, accidentes en vestíbulos u otras áreas, manos atrapadas en puertas y otros).

¿Para dónde apuntamos? Hay que apuntar al problema.

¿Cuál es el problema? La forma en que nos movemos, toda la regulación y, sobre todo, las inversiones públicas “incitan” un ambiente favorable para que nos desplacemos desaforadamente en vehículos particulares (¿quién quiere ir a 50 km/hr si podemos ir a 100 o 110 km/hr?) y cero inversiones en transporte público y medios no motorizados. Ponemos –gobiernos y conductores– todos los ingredientes para un coctel explosivo y luego queremos que nos toquen Despacito.

La ley de Ordenamiento Territorial y Asentamientos Humanos exige poner en el centro del Desarrollo Urbano la movilidad, el acceso universal, los medios no motorizados y el transporte público. En Nuevo León tenemos una Ley de Transporte discrecional (de los años 70), centrada en temas administrativos y no en la producción de servicios para la movilidad de alta calidad. Ésa es la más grande área de oportunidad: legislar para producir servicios para la movilidad seguros, sustentables y altamente competitivos. ¿Conocen algún diputado que se quiera echar encima la responsabilidad de liderar este proceso? 

La otra área de oportunidad es el destino de las inversiones. Si van a más pasos a desnivel vamos a tener más accidentes, heridos y muertos; si van a medios no motorizados y transporte público tendremos menos accidentes, heridos y muertos.

¿Y Metrorrey? No, no creo que el Metro sea un Metro caído; a pesar de la política restrictiva de los últimos 13 o 14 años está vigoroso, mueve 208 millones de viajes al año y tiene una tasa de crecimiento anual de dos dígitos. Pero sí tiene grandes riesgos, el material rodante y las tecnologías envejecen rápido, necesitan urgentemente una actualización. Igual las vías, los sujetadores de los rieles, el sistema eléctrico y los sistemas de peaje. No obstante, tiene que haber una exigencia centrada en su transformación y creación de capacidades para mover mucha más gente, con estándares de seguridad y eficiencia superiores a los actuales. Metrorrey tiene que evolucionar y convertirse en el órgano de gestión del sistema integrado, en la autoridad única de transporte, nuestro STIF, nuestro Transport for London, AMT (Barcelona), CMRT (Madrid) o cualquiera de los grandes órganos de gestión.

Metrorrey es uno de los pocos órganos de gobierno con alta rentabilidad, todos los años produce beneficios del orden de los $3,600 millones de pesos (ahorros de tiempos, en tarifas no pagadas, reducción de accidentes, etc.) y la demanda servida crece a tasas de dos dígitos anuales. ¿Debe exigirse más? Sí. Pero para eso necesita mandatos claros y que se le deje trabajar de forma autónoma y altos niveles de transparencia. Para empezar, podría publicar periódicamente sus estadísticas de desempeño y lo que significa exactamente el término “incidentes”. Que los ciudadanos sepamos cómo evolucionan sus indicadores y sus presupuestos no le va a hacer daño, por el contrario, saber que hace más con menos crearía una gran base de soporte social.

Por cierto, Plan Estratégico Nuevo León pone el Sistema de Transporte entre sus prioridades (eso incluye el mantenimiento de las infraestructuras y servicios de movilidad sustentable) y Alcalde Como Vamos pide “La calle para todos”.


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