Hay que saber perder


Ayer me enteré de que entre sus raras virtudes, el presidente de Estados Unidos tiene dones adivinatorios. Donald Trump declara –y asegura que se lo dijo por teléfono al virtual Presidente electo de México– que hace años él predijo que Andrés Manuel López Obrador iba a llegar al sitio que hoy tiene y del cual tomará posesión formalmente dentro de cinco meses. 

Eso, habría que decírselo, es una vieja práctica del mundo político en México que conocemos como la cargada, como lo documentan en los diarios los anuncios de plana completa felicitando al ganador. Una práctica que debiera estar suprimida del modelo de país que estamos en proceso de estrenar. Porque ahora resulta que individuos, organismos y gobernantes estallaron en júbilo por el resultado de los comicios. Con el campeón hasta que pierda, se dice en los corrillos del boxeo.

En la aplanadora electoral que se nos vino encima el domingo todo mundo se apresura a establecer –pero particularmente a celebrar– quién ganó. Es mucho más sano, socialmente, determinar quién perdió las elecciones a todos los niveles que coincidieron en la liza.

La mayor parte de las personas sensatas con las que he tenido oportunidad de conversar sobre estos asuntos coinciden conmigo en que las elecciones del año 2006 no las ganó Felipe Calderón; la Presidencia de la República se la entregó, por una combinación perversa de un aparato electoral deficiente, un candidato del PRI, Roberto Madrazo, identificado con la trampa –como en el caso de la maratón de Berlín– y el miedo infundido con eficiencia en los medios sobre el peligro que representaba el "izquierdista" Andrés Manuel López Obrador. De manera similar, Vicente Fox no ganó las elecciones anteriores, en el año 2000, las perdió un PRI debilitado con un candidato endeble, Labastida, y un presidente –Zedillo– en decadencia.

"A toro pasado, todos somos Manolete", se dice en el callejón.

He leído por ahí que las elecciones del año 2000 debieron ser una advertencia para el PRI de 2018. Ciertamente, el tricolor fue a las elecciones con el presidente Peña Nieto en una cifra histórica de aprobación a su ejercicio, alrededor del 20%, y un PRI desvencijado, desunido –en quiebra, pues– y un candidato incoloro. Ellos perdieron.

Se dice fácil; no lo es. El México del año 2000 llegó a su mayoría de edad en 2018, sin que esto quiera decir que fueron los jóvenes el principal motor del éxito de AMLO. El número de gente que acudió a las urnas así lo demuestra. El clima de tranquilidad –salvo los crímenes previos durante las campañas– lo documenta. El hartazgo de la ciudadanía hacia el régimen partidario del país es su colofón.

La parte más difícil de las elecciones de este año viene ahora: ¿hasta qué punto los triunfadores, desde la alcaldía más pobre hasta la de San Pedro, en Nuevo León, donde un independiente acabó con el monopolio del poder del PAN, desde las diputaciones locales y federales y las senadurías, podrán ir manifestando congruencia con la catarata verbal que nos inundó estos insufribles meses?

El deber ciudadano no termina cuando el tinte del pulgar se despinta. Es imperativo vigilar y presionar para que esa congruencia, a todos los niveles, se dé.

PILÓN.- Es demasiado temprano para que la euforia provocada por el resultado de las elecciones del domingo se desvanezca. No lo es para hacer una pregunta mundana, y totalmente impertinente: ¿cómo le van a hacer para cobrar sus honorarios las casas encuestadoras marca Mickey Mouse que realizaron sus levantamientos con guión previamente escrito de los resultados?

felixcortescama@gmail.com

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